viernes, 5 de septiembre de 2014

Un disfraz para la tristeza.

Capítulo 14.
De pronto me llamaron.
-¿Si?
-¡Alice!¿Dónde te metes? Que llevo sin verte desde a saber cuándo.
-Pues de un lado a otro sin saber dónde quedarme exactamente.
-¿Estás en casa? Tengo que contarte un montón de cosas…
-¿Si? No me digas que John…
-¡Sí, sí y sí! ¡Por fin!
-No me jodas, ¡enhorabuena!- pude ver cierta desesperación en la expresión de Leo. Desesperación y miedo por si se alargaba mucho más aquella conversación.- Oye Cris, tengo que dejarte, te llamo cuando llegue a casa.
-¿Pero dónde estás?
-En una tienda de disfraces.
-Pero si a ti sólo te falta la goma de la careta.
-Te odio mucho, ¿sabías?
-En realidad me adoras. Bueno, te dejo elegir disfraz. Espero tu llamada, eh.
Colgó. Miré a Leo.
-Bueno, ¿vas a empezar a elegirme disfraz o no?
-Por supuesto.
Abrió la puerta y me cedió el paso.
-Ve preparándote para hacerme un desfile.
-Ve haciéndote la idea de que te va a costar encontrar alguno que me quede bien.
Aquella tienda era un auténtico paraíso para los amantes de los disfraces.
-¡Oh, Leo!- dijo una señora saliendo de detrás del mostrador mientras se lanzaba a sus brazos.
-¡Marie, cuánto tiempo!
-Vaya, has venido acompañado.
-Sí. Marie, esta es Alice, y quiero que me enseñes todos los vestidos más preciosos de toda tu tienda.
-Tan preciosos como ella, ¿a que si?
-Lo has entendido a la primera.
-Vuelvo enseguida.
Y con una amplia sonrisa, desapareció tras una puerta de un ancho considerable. Cuando Marie volvió a  aparecer, lo hizo con, al menos, cien vestidos. No podía creerlo. ¿Me iba a tener que probar todos esos vestidos? Estaba claro que iba a pasarme la tarde en el probador.
Una vez que entré en el probador pude ver que hasta aquel pequeño rincón era impresionante. Era amplio, estaba limpio y bien iluminado, y tenía una puerta que cerraba de maravilla y no dejaba ver nada por ningún lado.
Comencé a probarme vestidos y a salir cada vez que me ponía uno. Cada vez que salía de aquella habitación, Leo y Marie me clavaban la mirada e inspeccionaban cada detalle del vestido, cómo se ceñía a mí, cómo me realzaba el pecho, cómo me sentaba el color…
Me sentía completamente observada. E incómoda. No solía llevar vestidos y mucho menos de esa clase, aunque eran preciosos.
Pasé más de hora y media probándome todos los vestidos que me había dado Marie, hasta que al final decidí que no me merecía llevar ninguno, aunque me gustasen todos. ¿Acaso había hecho algo especial o fuera de lo normal para merecerme alguno de esos vestidos? No.
Al final me senté en aquel probador, y le pedí a Leo que entrase.
-Leo, ¿puedes entrar? Por favor.
-Oh, parece que la dama quiere tu opinión.- dijo Marie en un tono divertido.
Llamó a la puerta educadamente y entró.
-Oye, Alice, ¿pasa algo? ¿Por qué estás sentada? ¿Te encuentras mal?
-No, no, para nada.
-¿Entonces, qué te ocurre?
-No creo que deba ir a la fiesta. Ni que debas comprarme ninguno de estos vestidos.
-Oh, vamos, ¿por qué dices eso? Levántate, quiero verte bien.
Le hice caso, y me levanté.
-No sé, no me merezco que me compres nada.
-Alice, no digas tonterías. ¿Recuerdas nuestras noches en la casa de campo? Me ofreciste quedarme a dormir aquella noche en la que llovía a cántaros. Te portaste genial conmigo a pesar de que no sabías quién era, sin saber nada de mi vida.
-Pero…
-No hay peros, no esta vez. Te invité a la fiesta porque quise, porque quiero ir contigo y que todos se queden mirando con envidia la acompañante tan preciosa que va conmigo. Y te compraré el vestido que yo quiera, principalmente porque gané la apuesta que hicimos y qué mínimo que te compre yo el vestido que tú quieras, y si no quieres elegir, lo elegiré yo.
-Eres un encanto…
-Y tú estás tremenda con ese vestido.
-Tienes una facilidad para destrozar los momentos bonitos muy inusual.
-Es un don innato, lo sé.
-También eres un poco idiota.
Se acerco rápidamente a mí y me besó. Le aparté con cuidado.
-¿De verdad crees que te van a envidiar por el simple hecho de ir conmigo?
-¿Simple? ¿De verdad has dicho simple? Vendrás conmigo porque perdiste una apuesta, y estoy seguro de que si te lo hubiera pedido de una forma normal y decente, me hubieras dicho que no.
-Eso es verdad.
Entonces le besé yo, pero esta vez en la comisura de los labios.
-¿De verdad crees que me sienta bien este vestido? Me veo demasiado rara.
-Es que eres rara.-dijo en un tono simpático.-Pero sí, te sienta de maravilla. Sinceramente no encuentro una palabra exacta para poder decirte lo guapísima que estás con él puesto. Aunque si la señorita Hayes me permite una pequeña observación…
-Dígame, ¿qué observación tiene usted que aportar, señor Laureth?-le contesté con voz seria y formal.

-A decir verdad, señorita Hayes, debo decirle que estaría mejor sin él. Y si me permite el honor de ser yo el que se lo quite, lo haré con mucho gusto…

martes, 5 de agosto de 2014

Sin saber qué quería.

Y sin separarse de mí, contestó al móvil.
-¿Si, quién es?... Oh, joder, ¿y para eso me llamas? Estaba atendiendo asuntos realmente importantes.
Me miró con esos ojos que te desnudan con una facilidad que da miedo, y por un instante me sentí querida, importante. Me sentí suya, y me sentí libre, sin problemas.
Acabó de hablar, colgó, y se quedó mirándome, expectante, esperando mi reacción, no sé si ante sus palabras o ante la situación en la que nos habíamos envuelto nosotros solos.
-Bueno…-su voz rompió aquel silencio tan peculiar.- ¿Por dónde íbamos?
Ya no nos separaba ni  un solo milímetro, podía notar su respiración, su corazón latir, podía notarle a él. En ese instante me quería, me deseaba. Era la primera vez que alguien me deseaba así, y aunque quería precipitarme por aquel acantilado de placer y dejar que el deseo y la pasión me consumieran, no podía.
Sabía que no estaba bien jugar con una persona de esa forma. Quizás él se lo tomara como un juego, como normal, quizás yo solo era otra chica más que cae ante sus encantos, pero quizás no, quizás le gustase de verdad y yo no terminaba de tener claro si él me gustaba, si sentía mariposas o polillas; así que intenté desviar la conversación hacia otro tema.
-Pues creo que íbamos directos a una tienda de disfraces.
-¿Y los disfraces no pueden esperar? Estoy seguro de que no se van a mover de la tienda. Incluso podemos ir mañana.
Oh, joder, ojalá pudiese decirle que sí, que iríamos mañana, pero ya tenía planes con Álex.
-Me parece que no pueden esperar. Vas a tener que verme con unos cuantos puestos, soy muy exigente a la hora de elegir.
-Es un buen cambio de planes, me parece bien. Vámonos entonces, no quiero perderme ni un minuto de tu desfile de disfraces.
-¿Desfile? Bueno, aunque no tengo nada de modelo.
-Eres perfecta para mí, y no hay más que hablar sobre ese tema.
-Eres un encanto.
-Soy todo un príncipe azul, lo sé.
-Y un poco egocéntrico, ¿no te lo han dicho nunca?
-De vez en cuando, pero no de la forma tan dulce como lo haces tú.
-Idiota.
Al fin me soltó del todo y se dirigió hacia la puerta para abrirla y dejarme paso primero.
-Qué caballero eres, va a ser verdad eso de que eres un príncipe, pero pasa tú primero.
-Sí, bueno, si te soy sincero, no era para ser un caballero…
-¿Entonces?
Sonrió, y con eso me lo dijo todo sin decir nada.
-¿En serio? ¿Para verme el culo?
-Totalmente en serio, pero pasaré yo primero, solo esta vez.
Y entonces pude verle otra vez de espalda. Era el chico con el que te apetecería pasar toda la noche, o una noche tras otra…
-Señorita Hayes, ¿podría dejar de morderse el labio mientras me mira?
-Podría, pero…
-Si ese “pero” me es una buena razón para volver a entrar contigo  en tu casa y hacerte completamente mía, lo haré.
-Gritaré.
-Te aseguro que sí que gritarás, pero no como tú crees…
Sus ojos se volvieron intensos y decidí que sería el momento de parar y no provocarle más, o acabaríamos en cualquier parte de la casa.
-Está bien, está bien, no volveré a morderme el labio ni a mirarte así.
-Eso está mejor. De momento.
Terminamos de salir de casa y llegamos a su coche, siempre tan limpio, siempre con ese aire a tranquilidad.
Entonces arrancó.
-Bueno, ¿estás lista para probarte todos los vestidos que yo quiera?
-¿Que tú quieras?
-Por supuesto, quiero disfrutar viéndote. De vez en cuando hay que alegrarse la vista.
Quise responderle, pero en cierto modo quería entrar en su juego. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar.
Casi no hablamos por el camino, pero la música hizo más ameno el viaje. Me descubrí más de una vez mirándole sin disimular; parecía tan calmado, tan feliz, tan alegre; era tan guapo, tan atractivo, tan pasional, parecía tan perfecto y tan fuera de mi alcance que aún no podía creerme que había estado a punto de acostarme con él en mi propia casa, como tampoco podía creerme que iba en su coche a buscar un disfraz que elegiría él para una fiesta a la que me había invitado.
Él parecía tener todas sus ideas en orden y todo muy claro, yo, sin embargo, era un auténtico cúmulo de sensaciones, de pensamientos y de circunstancias que no iba a poder manejar durante mucho tiempo más. Necesitaba aclarar demasiadas cosas, necesitaba poner un poco de orden en mi vida aunque sólo fuese por ésta vez.
Había tantas preguntas a las que mi respuesta era un simple “no lo sé”.
¿Me gustaba Leo? No lo sabía.
¿Quería ir a la fiesta? No lo sabía.
¿Quería salir con Álex a tomar algo? No lo sabía.
¿Quería acostarme con Leo? Bueno, quizás la respuesta a esta pregunta fuese sí, pero tampoco lo tenía muy claro después de todo.
¿Quería contarle a Leo cómo me sentía ahora mismo? No lo sabía.
¿Quería…?
-Señorita Hayes, ya hemos llegado a nuestro destino.
Miré por la ventanilla y vi un gran escaparate lleno de disfraces completamente preciosos.
-Jo-der.

-Alice, cuida tu lenguaje.- Intentó parecer ofendido por mi vocabulario pero su cara reflejaba demasiada felicidad al ver cómo miraba aquel espléndido escaparate.

miércoles, 23 de julio de 2014

¿Dónde queda tu inocencia?

Capítulo 12

¿Y ahora qué podía decirle? Ya tenía planes para esta tarde y cuando llegase a casa no tendría ganas de volver a salir, ni siquiera tenía ganas de buscar un disfraz para la fiesta del viernes. Sólo quería encerrarme en mi habitación, a oscuras, para poder aclarar todo lo que me rondaba la cabeza y desahogarme sin miedo a que cualquiera quisiera abrazarme para consolarme. No quería que nadie me consolara, no cuando sabía que no había solución, no esta vez.
No quería decirle un “no” rotundo, no quería parecer borde con él; no se había portado mal conmigo a pesar de no conocerme de absolutamente nada.
-Mejor otro día, tengo que intentar ordenar todo el desorden emocional que tengo ahora mismo…
De pronto esa sonrisa esperanzada en un “sí” desapareció de su cara, y por un instante me sentí mal.
-¿Mañana te viene bien?-le pregunté.- Mañana seguro que me encuentro mejor.
-Sí, por supuesto.-volvió a sonreír.
Le devolví la sonrisa, me despedí diciéndole adiós con la mano y me giré para ir a la habitación 513 para terminar de despedirme y salir de allí. Pegué en la puerta y entré. Mi abuelo estaba en la cama, se había dormido; y mi tía estaba en sentada en sofá leyendo una de sus revistas de arte. Decidí no entrar más, decidí quedarme ahí, en la puerta, y despedirme con un rápido gesto con la mano y una sonrisa que decía “hasta mañana”.
Salí del hospital sin problemas y, por suerte, encontré una parada de autobús un par de calles más abajo de éste. Esperé unos quince minutos antes de que el bus que tenía que coger para llegar a casa llegase a la parada donde yo estaba. Subí detrás de un chico que olía de una forma peculiar, me recordaba a alguien. Tuve suerte y encontré un par de asientos libres, así no tendría que compartir asiento con nadie, al menos hasta la próxima parada.
Después de un rato en el autobús recordé a quién me recordaba el olor de ese chico. A Leo. “Mierda, seguro que llego tarde. Había quedado a las cinco” Miré el móvil y eran las cinco menos veinticinco, y aún me quedaba un rato para llegar. Se me ocurrió llamarlo para avisarle de que llegase un poco más tarde o tendría que esperar, pero no tenía su número ni ninguna forma de localizarle.
Tendría que esperar una vez más. “Si sigo haciéndole esperar cada vez que nos vamos a ver, va a acabar por no querer verme más.” Al fin llegué a casa. Eran las cinco en punto y ahí estaba Leo, esperándome, tan puntual como siempre.
-¿Estás lista?
-Esto… Necesito darme una ducha.
-¿Voy a tener que esperar otra vez?
-Prometo tardar poco, de verdad.
No parecía muy convencido de que tardaría poco, así que le puse mi mejor cara para convencer y le besé en la mejilla.
-Está bien, me has convencido. Por suerte he encontrado aparcamiento.
-Venga, vamos.
Le cogí de la mano y entramos al portal. No tenía ganas de hablar de lo que me había pasado en el hospital por lo que tendría que intentar disimular todo lo que pudiese.
-Pasa, ¿quieres tomar algo?
-No, gracias. Venga, dúchate, hay un disfraz que nos está esperando.
-Voy.-le dije con una sonrisa.- Pero antes de entrar en la ducha, ¿tengo que ponerme algo especial?
-Lo que quieras, con lo que te pongas estarás especial.
Me guiñó un ojo, le sonreí y entré en el baño para dejar que el agua se mezclase con el recorrido silencioso de mis lágrimas cayendo por mi cara.
“Tengo que contárselo, tengo que desahogarme, él confía en mí.
No, será mejor que me quede callada, que no diga nada, no quiero preocupar a nadie con mis cosas, además ya debería estar acostumbrada a todo el dolor y a sentirme mal…
Yo puedo sola con esto. Le demostraré al mundo de lo que soy capaz…”
-¿Estás bien?
Mierda, ¿me habría oído llorar? Imposible. Me aclaré la voz para poder contestarle en un tono adecuado.
-Esto, sí, ¿por qué?
-Porque llevas más de veinte minutos ahí dentro, y pensé que te habías olvidado de mí.
-Ups, ahora que lo dices… Salgo en seguida.
Salí de la ducha, me sequé e intenté arreglarme los pelos. Me vestí, me pinté un poco los ojos y me puse cacao en los labios. No sabía a dónde iba a llevarme, a qué tienda de disfraces me iba a hacer entrar para probármelos, y no quería ir demasiado informal, aparte, era Leo Laureth, el famoso Leo Laureth, el encantador Leo Laureth, se merecía que me arreglase aunque solo fuese un poco.
Al fin salí del baño completamente arreglada.
-¿Qué te parece?-le dije sonriendo tímidamente.
-Vaya. Estás…Preciosa.
Inmediatamente se levantó del sofá y me abrazó por la cintura. Le miré a los ojos y en ese silencio en el que solo existíamos los dos, le besé. Fue un beso casto, sencillo, quería que quisiera que me importaba. En ese momento él me devolvió el beso, pero fue un beso lleno de pasión, de necesidad, tanto que le acabé necesitando yo también.
Cada vez me agarraba más fuerte de la cintura, cada vez había menos espacio entre nosotros, cada vez le quería más cerca, cada vez le necesitaba más. De pronto comenzó a besarme el cuello, lentamente, con la intensidad perfecta para volver loca a cualquiera, entonces le agarré la cara, quería mirarle a los ojos, quería verle, y sus ojos me dijeron todo lo que él no decía, quería más de mí. Volví a besarle en los labios, y le mordí el labio inferior procurando no hacerle daño provocando en él efecto deseado.
-Leo-intenté que parase ya que estaba notando que algo vibraba en su bolsillo.-Leo, te están llamando.
-Después devolveré la llamada.
Leo no paraba de besarme, así que decidí sujetarle la cara y mirándole a los ojos le insistí para que contestase.
-No puedo resistirme a esa mirada de “por favor, haz lo que te digo”.

-Lo tendré en cuenta, ahora contesta, quizás es importante.

martes, 15 de julio de 2014

La historia se repite.

Capítulo 11

Viendo que nadie venía a sustituirme, decidí quedarme para no dejar a mi abuelo solo bajo ningún concepto.
-Chiquita-me llamó mi abuelo. Era una de las formas que tenía de llamarme cariñosamente.- puedes irte si quieres, ya te he dicho que estoy bien, y si en algún momento me encuentro mal no tengo nada más que darle a este botón y algún médico vendrá. No quiero ser una molestia.
-¿Pero cómo puedes decir eso? ¿Cuándo has sido una molestia?
-Sé que ninguno queréis admitirlo, pero todos tenéis vuestra vida, el mundo sigue girando y vosotros estáis pendientes de mí. Soy un incordio, un obstáculo que os impide seguir con vuestro ritmo de vida, y no quiero ser eso. Quiero que si tenéis algo que hacer, lo hagáis y no penséis en quedaros aquí conmigo sólo porque estas cuatro paredes sean las de  un hospital y no las de mi casa.
-Nos vamos a preocupar por ti estés donde estés y estés como estés, porque eres nuestro abuelo, padre, bisabuelo. Y para mí eres el último pilar que sujeta mi vida, eres el único modelo a seguir que he conocido que merezca la pena.-intenté mantener la calma, pero la voz me falló.-Nunca has sido, y nunca serás un estorbo, un incordio, un obstáculo. Eres un gran maestro de la vida, sabes enseñar lo que pocos han sabido, y has sabido transmitir tanto que nadie se atrevería a negarlo.
-Ay mi pequeña y dulce Alice, siempre sabiendo decir las palabras exactas para animar a un viejo y desanimado corazón.
Esbozó una pequeña sonrisa que casi no terminó de verse en su cara antes de que bajase la cabeza hacia el plato de comida. ¿La comida del hospital siempre tenía tan mala pinta o era solo aquel plato?
De pronto apareció el enfermero. “¡Por fin! Ya era hora de que asomase la cabeza por la habitación.” Pensé.
-Eh tú, ven aquí.-me dijo mientras me hacía señas con la mano para que me acercara a él.
-Tengo nombre, me llamo Alice.
-Un nombre precioso para una chica encantadora. Yo soy Álex.
-Encantada Álex, ¿sabes algo sobre el estado de mi abuelo?
De pronto su expresión se volvió seria y triste, una mezcla de emociones que me hizo estremecer en lo más hondo de mi ser.
-Odio ser portador de malas noticias Alice, pero tu abuelo tiene cáncer, y con lo mayor que está no se sabe si sería bueno para él someterlo a quimioterapia.
No podía creérmelo. Cáncer. Otra vez. Como si no hubiesen sido suficientes todas las personas que había perdido por el cáncer, ahora mi abuelo lo sufría por segunda vez.
-¿Los médicos están seguros de que es cáncer y no otra cosa que no necesite un tratamiento tan agresivo? Por favor dime que eso es mentira, que no es cáncer, que es algo que se puede curar sin ningún riesgo, no puedo perderle.
Mi vista se nublaba por momentos, sus ojos se llenaron de compasión pero la respuesta era inevitable.
-Alice, los médicos se han asegurado por completo por ser un paciente de tan avanzada edad. Lo siento.
No aguanté más y me deshice en lágrimas. Sabía que había algo más detrás de esa noche en el hospital, sabía que algo malo tenía que pasar, sabía que los finales en la quinta planta no podían ser felices.
De pronto las piernas comenzaron a temblarme y casi no podía sostenerme en pie. Malditos nervios, maldita presión.
Álex me sujetó y me ayudó a sentarme en una silla fuera de la habitación.
-Quédate aquí, voy a traerte algo para que te ayude a tranquilizarte, no querrás entrar en la habitación con este ataque de nervios.
-No, gracias, estoy bien, estoy bien.-dije intentando levantarme sin ningún éxito.
-No lo estás, así que voy a traerte algo, y no me rechistes más, que aquí el enfermero soy yo. Prometo no tardar.
Me pellizqué en el brazo esperando que todo eso fuera un mal sueño, una pesadilla demasiado real y que con el dolor conseguiría despertarme y estaría en mi habitación, en mi cama. Pero no, el pellizco se puso rojo y dolió, pero yo seguía allí, en el pasillo del hospital con las malas noticias corriendo por mi sistema nervioso, echándose una carrera a ver cuál era la primera en romperme en mil pedazos llevándome a la cruda realidad que ahora me rodeaba, y esperando a que Álex, el enfermero, me trajese algo para intentar tranquilizarme.
Vi como se alejaba y se perdía tras una esquina. Aproveché aquel pequeño silencio que se había creado en el pasillo para pensar un poco, pues era un silencio hecho a medida para mí.
“¿Y ahora qué? Esa es la gran pregunta que envuelve el mundo a cada segundo que pasa con más intensidad que el segundo anterior. Nos consumen las dudas, nos consume el tiempo, pero sobre todo nos consume el saber si alguien nos recordará después de muertos, si alguien sabrá contar nuestra historia sin perderse, si alguien podrá contar nuestra historia con todo lujo de detalles, si hemos sido capaces de dejar huella en algunas personas o en todas en las que hemos conocido, si alguien se ha llevado algo de nosotros con ellos, o si simplemente nos van a olvidar a los días sin lágrimas, sin importancia.
Ahora mismo siento como si todas mis dudas se hubiesen hecho realidad y hubiesen cavado una tumba para mí y para mi estabilidad. Una tumba a la que me había empujado a base de realidades y en la que ahora, conmigo dentro, estaban tirando tierra sin ningún cuidado. Mis dudas me estaban enterrando.”
En ese momento apareció Álex con el típico vaso blanco que tienen en muchos establecimientos.
-Toma, espero que esté bien de azúcar.
-Gracias.-dije sonriendo mientras cogía aquel vaso de entre sus manos.
Nuestras manos se rozaron y una pequeña chispa pareció recorrer su mirada grisácea. Bebí un poco, ya que aquel líquido estaba bastante caliente, y al menos el primer sorbo no estaba malo.
-Está genial de azúcar, muchas gracias.
Se sentó a mi lado sin disimular ni un minuto que no paraba de mirarme.
-¿Estás mejor?-me preguntó con notable preocupación.
-Estoy bien, ya te lo dije antes.
-Buen intento encanto, pero sé de sobra que no estás bien. Te vendría bien tomar el aire, salir y distraerte…-se calló de pronto.
En ese momento subió mi tía, me vio con aquel enfermero y se acercó con cara de sorpresa.
-Buenas tardes.-nos saludó con una sonrisa a los dos.- ¿Cómo está tu abuelo?
-Bien, un poco tristón, pero él dice que se encuentra bien. Ha comido hace un rato y ya se han llevado los cacharros de la comida.
-¿Y tú, cómo estás? Te veo rara.
-Como siempre, estoy bien.- le dije intentando poner una sonrisa lo más natural posible para que no preguntase más.
-Bueno, voy a la habitación, os dejo aquí hablando. Ah, y gracias por cuidar de mi sobrina, enfermero.
-Ha sido un auténtico placer, la cuido cuando quiera.-dijo entre risas.
Mi tía se dio la vuelta y entró en la habitación guiñándome un ojo. ¿Hola? ¿Estaba loca? Sí, lo estaba si pensaba que estábamos ligando.
-Bueno, yo voy a despedirme de mi abuelo me voy a ir a casa.

-Esto… Claro, está bien, pero me preguntaba si te gustaría salir a tomar algo esta noche, ya sabes, para despejarte un poco.

domingo, 1 de junio de 2014

Soy como el cristal.

Subí a la quinta planta y comencé a buscar la habitación 513. La encontré. Respiré hondo antes de entrar, giré la manivela y abrí la puerta con cuidado para no hacer mucho ruido. Pude ver que mi abuelo no estaba solo. Mi tía estaba sentada en el sofá de la habitación, cuando me vio entrar me sonrió y se levantó para saludarme.
-¿Cómo estás?-me preguntó.
-Como siempre.-dije poniendo la sonrisa más agradable que pude.
-Bueno, ahora que estás tú aquí, voy a bajar a comer algo, que llevo desde ayer aquí dentro.
-Claro, no te preocupes, yo me quedo aquí para que no esté solo.
Cogió su bolso,  abrió la puerta y desapareció. Y allí me quedé yo en el más absoluto silencio, en mitad de una habitación mirando a mi abuelo dormir.
Cogí una silla y la acerqué a su cama. Me senté y le cogí la mano.
De pronto noté como mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Sabía de sobra que esto era solo el comienzo de una “mala racha” y que el final no iba a ser feliz.
Pegaron a la puerta y me sequé las lágrimas con la mano para intentar disimular.
-Adelante.
Entró un enfermero, de mi estatura, moreno con los ojos grises.
-Vengo a cambiarle el suero, tardaré poco.
-Por supuesto.
Me aparté dejándole todo el espacio disponible alrededor de la cama.
-Sé que no soy nadie para meterme en la vida de los demás pero, ¿es tu abuelo?
-Sí.
-Y estabas llorando, ¿verdad? Tus ojos te delatan por mucho que te hayas secado las lágrimas.
-Vaya, qué observador.-dije en un tono un poco molesto.
-No te conozco, ni conozco a tu abuelo, pero estoy seguro de que no le gusta que llores.
-¿Podrías hacerme un favor?
-¿A parte de callarme? A ver, dime.
-¿Podrías, por favor, darme tu opinión sobre el estado de mi abuelo?
-Depende.
-¿De qué?
-Eres guapa así que, depende de si sonríes ahora para mí.
Tras oír ese comentario no pude evitar reírme.
-¿Ves? Una sonrisa preciosa, no me equivocaba. Dame el nombre de tu abuelo, voy a ver si encuentro algo y vuelvo para darte mi opinión.
Terminó de colocarle el suero, le di el nombre de mi abuelo y desapareció tras la puerta. Y allí volvía a estar yo, sola en la habitación frente a mi abuelo esperando buenas noticias sin esperanza.
De pronto abrió los ojos y me miró.
-¿Qué haces aquí Alice?
-¿Tú qué crees? Pues venir a verte. Quería saber cómo estabas.
-Estoy hecho un roble, ¿acaso no lo sabes ya?
-Claro que lo sé, abuelito, claro que lo sé.
¿Realmente se sentía tan bien como decía? Parecía tan débil entre esas cuatro paredes.
-¿Quieres algo de beber? ¿Un poco de agua, una manzanilla?
-No, gracias, solo quiero salir de aquí y volver a casa.
-Todos queremos que vuelvas a casa, pero hasta que el médico no lo vea conveniente no puedes irte, ya lo sabes.
-Ya sabes lo poco que me gustan los médicos.
-Sé que si pudieras librarte de ir al médico de alguna forma, por muy descabellada que fuese, lo harías.
-Sin ninguna duda.
Consiguió incorporarse con dificultad ya que le molestaba la vía del suero. De pronto un escalofrío me recorrió la espalda pero intenté que no se notara. Él decía que se sentía bien, ¿por qué yo no me lo creía del todo? ¿Por qué el mal presentimiento se paseaba a su gusto por mis nervios y columna? ¿Por qué notaba las malas noticias llamándome a mi espalda?
Con la habitación totalmente en silencio podía escuchar a la perfección su respiración. Era atropellada, dificultosa, tanto que comenzó a toser; sin ser muy patosa le ayudé a terminar de ponerse derecho para intentar calmar la tos. Lo conseguí, paró de toser, pero me miraba muy serio.
-Estás helada, ¿no has traído ninguna chaqueta? Te vas a quedar como un pajarito.
-No, pero estoy bien, de verdad. Últimamente siempre tengo las manos frías.
-¿Seguro? ¿Y los pies los tienes fríos? Ya sabes lo que siempre digo.
-Que los resfriados se cogen por los pies y por la cabeza.-le dije con una gran y sincera sonrisa.
-Esa es mi nieta, la que no se olvida de lo que le enseño.-contestó risueño.
-¿Cómo me voy a olvidar? Seguro que me he librado de algún que otro resfriado por eso.- dije entre risas.-Toma, bebe un poco de agua, que seguro que tienes la garganta reseca.
Le acerqué el vaso, me miró para rechistarme pero bebió sin decir nada. Era la primera vez que le veía sonreír así en un hospital, sin un ápice de tristeza.
-Te voy a decir algo.
-Cuéntame.- le dije con ímpetu, ya que siempre estaba dispuesta a escucharle a él.
-El día que una enfermedad me lleve por delante, por favor, no lloréis.
-¡No digas eso! ¡No vamos a llorar porque nada te va a llevar por delante!
-Ya soy viejo Alice. Mírame, me tienen aquí porque me cuesta respirar, ¿qué va a ser lo próximo?
-Lo próximo va a ser que vas a salir de aquí como nuevo, y vas a estar en casa cuidando tus plantas y en el campo cuidando tu huerto.
-Ojalá tengas razón.
-¡Por supuesto que la tengo!-sabía muy bien que eso no era del todo cierto, mis malos presentimientos eran por alguna razón, pero en fondo necesitaba aferrarme a la esperanza de que todo saldría bien.
Él me miraba con una sonrisa conformista, aceptaría lo que viniese a pesar de que quería salir de allí y volver a su vida normal por todos los medios. Pude notar cómo me rompía en mil pedazos como un cristal que cae al suelo y se hace añicos. ¿Por qué me contaba esto? ¿Por qué a mí?

Pegaron a la puerta,  intenté mantenerme serena, y entraron con la comida. ¿Ya era la hora de comer? ¿Cuánto rato llevaba allí? ¿Dónde se había metido el enfermero?

domingo, 11 de mayo de 2014

El cosquilleo nervioso.

Levantó las cejas y puso su media sonrisa como aprobación. Salí corriendo escaleras abajo, él intentó adelantarme cogiéndome del brazo y casi lo consigue pero por suerte me libré de su agarre y llegué la primera al portal.
-¡Há, gané!-dije con los brazos levantados en señal de victoria.
Me di la vuelta para poder chincharle un poco más pero no lo vi .¿Dónde se había metido? Si venía detrás de mí. Subí las escaleras de nuevo mirando a ver dónde había podido meterse. De pronto escuché que alguien abría la puerta de las escaleras del portal y miré hacia abajo para ver quién era.
En ese momento la puerta se cerró, no había entrado nadie, pero Leo apareció enfrente de mí, cogiéndome por la cintura y apegándome a él.
-Te he ganado, listillo.
-¿Habíamos apostado algo?-preguntó, esperando que la respuesta fuese si.
-No, pero si quieres apostamos.
Viendo que no me soltaba, decidí abrazarle por encima del cuello, le miré a los ojos esperando una respuesta, pero su mirada se tornó en divertida a la par que ganadora. Se acercó a mi oído y me susurró:
-Te apuesto lo que quieras a que esta vez llego antes que tú al portal.
Me sorprendí por la rapidez con la que me soltó y salió corriendo.
-¡Tramposo!-dije entre risas.
Salí corriendo detrás de él pero esta vez no le alcanzaría. En cierto modo quería perder, quería saber qué quería apostar contra mí.
Cuando llegué a abajo del todo, él estaba apoyado en la pared con aire fanfarrón.
-Está bien, has ganado.-dije aceptando mi derrota.- ¿Qué premio quieres?
-Quiero muchas cosas, y podría aprovecharme, pero me conformaré con que vengas a una fiesta conmigo.
-¿¡Cómo!? De ninguna manera.
-Has perdido, te toca asumir la apuesta.
-¿Pero una fiesta de qué tipo? No tengo ropa para salir de fiesta.-repliqué intentando que dijese otra opción.
-Es una fiesta de disfraces de época, pero no tienes de qué preocuparte. Te compraré yo el disfraz.
-No, no, y no, me niego.
-Qué mínimo que te compre yo el disfraz. Y no hay más que hablar. Vámonos ya.
No volví a replicarle e intenté asumir que iría a una fiesta de disfraces con el mismísimo Leo Laureth. De camino al coche comencé a soñar despierta y a imaginar cómo iba a ser todo. Parecía divertido, pero de pronto caí en la cuenta de que habría un montón de gente y Leo no podría estar conmigo todo el rato.
-¿A qué hospital vamos?
-A la clínica El Ángel.
Arrancó el coche y nos fuimos. Intenté hacerme a la idea de cómo estarían las cosas por el hospital para intentar mantener la compostura pero me resultaba demasiado difícil.
-Estate tranquila.-me dijo.
-Lo intento, pero no puedo.
-Sé lo difíciles que son estas situaciones, pero tienes que estar tranquila, sino la situación podrá contigo.
-Creo que la situación ya ha podido conmigo.
-No voy a dejar que eso pase, y si es así, encontraremos algún remedio.
-Eres un encanto.-le dije sonriendo.
-Tampoco soy para tanto.
-Sí que lo eres. Por cierto, ¿cuándo es la fiesta?
-Este viernes.
-¡¿Este viernes?! Pero si hoy es miércoles, ¿cómo voy a encontrar un disfraz que me guste?
-Si no lo encuentras tú, lo encontraré yo.-dijo mientras me guiñaba un ojo.
-¿Cómo que lo encontrarás tú?
-Si tú no encuentras ninguno que te guste, ya encontraré yo alguno que me guste para ti.
-Uh, ¿puedo fiarme de tu gusto?
-Ya lo veremos.- dijo entre risas.
En ese momento llegamos a la puerta del hospital. Suspiré y le miré para despedirme.
-Bueno, pues aquí me quedo yo.-le dije.
-¿Paso a recogerte esta tarde?
-¿Sobre las cinco?
-Estaré en tu casa a las cinco.
Sonreí y me acerqué a él para besarle en la mejilla, pero él se movió y acabé besándole en los labios.
“Mierda, mierda, mierda, ¿lo habrá hecho a posta? Seguro que sí.” Pensé. Él me agarró la cara con sus dos manos mientras me besaba con más ganas. Podía notar a la perfección cómo mis nervios correteaban por mi estómago.
Entonces se separó de mí lentamente, analizando mi reacción con sus intensos ojos.
¿Y ahora qué tenía que hacer? ¿Qué tenía que pensar? ¿A dónde tenía que mirar? ¿Por qué había hecho eso?
-Lo siento, yo…Yo solo quería darte un beso en la mejilla.
-Pero yo no quería que me lo dieras en la mejilla.
-Esto… ¿Nos vemos esta tarde, entonces?
-Hasta esta tarde.-dijo con una amplia sonrisa.
Entonces salí del coche, notaba que me estaba mirando a través de la ventana, no sabía dónde meterme así que intenté andar lo más rápido que pude para dejar de notar sus ojos en mi espalda.

Finalmente entré en el hospital y mis nervios salieron de mi estómago. Llegó la hora de la verdad.