viernes, 26 de junio de 2015

Mi seguridad juega al escondite.

Al fin salimos de la tienda. Leo con su tranquilidad, y yo, bueno, salí roja como un tomate y nerviosa. Quería decirle que no sabía si iba a poder ir a la fiesta, quería decirle lo que estaba pasando con mi abuelo, quería decirle que había quedado con Alex, quería decirle que me gustaba, que quería más de él, quería decirle tantas cosas, pero de mi boca no salió más que un “¿vamos a algún lugar más?”.
-¿Dónde quieres ir?
-Dónde tú quieras llevarme.
-Quiero llevarte al cielo, y aunque puedo hacerlo en cualquier lugar, no creo que tú quieras.
-¿Y por dónde dices que queda ese cielo del que hablas?
No pude evitar sonreírle, quería más de él y me daba igual la manera de conseguirlo. Se rió, no esperaba una respuesta así de mí que parecía siempre tan tímida. Subió al coche sin decir nada más, me subí con él, y empezó a conducir.
El silencio se hizo un hueco entre nosotros alejándonos un poco más de lo que no éramos. Y yo, tan estúpida, disfrutando de los silencios a su lado, cuando lo único que me quedaría sería silencio.

Al fin llegamos a mi casa. Me dolía demasiado la cabeza, así que me despedí rápidamente, subí y me encerré en mi habitación.
Era la reina de los dolores de cabeza, pero ¿este a qué venía?
Joder, estaba harta de todo, sólo quería quedarme en mi habitación viendo alguna serie, alguna película, leyendo algún libro, evadirme de mi vida sin salir de casa.  Y eso hice. Al menos hasta que tuve que volver a salir para ver cómo se encontraba mi abuelo.
Otra vez de camino al centro a coger aquel bus, que me dejaría en aquel horroroso hospital. Horroroso por todo lo que conllevaba estar allí.
Volví a subirme al ascensor, volví a pulsar  aquel botón para acabar en la planta dónde se respiraba más olor a muerte que a flores de condolencias.
“Toc-toc”. Hice sonar la puerta con mis nudillos, y hasta aquello me dolía. Una vez que entré pude ver a mi abuelo de pie, sujetando “el chisme del suero”, como el decía, mirando por la ventana, hablando con todos los que estaban con él en la habitación, riéndose. Aún podía pensar que había algo de esperanza en salir de aquellas cuatro paredes color salmón.
-¡Pero bueno! ¿Tú has visto a todos estos tontos perdidos con el móvil? ¡Todo el día tic-tic-tic!- dijo mi abuelo riendo y gesticulando con la mano que le quedaba libre.
-Ay, abuelito, las nuevas tecnologías nos van a acabar quitando del medio.
Le abracé y le di un beso.
-¿Cómo estás hoy? ¿Mejor?
-Si yo siempre estoy bien, ya lo sabes, pero he pasado mejor noche.
-Entonces ya mismo estás fuera de aquí.
-Yo tengo unas ganas de irme ya. No me gustan los médicos y mucho menos los hospitales, y ya si hablamos de las medicinas…
-Pues mejor no hablamos de ellas. ¿Te han dicho ya que se están ocupando de tu huerto mientras tú no puedes para que cuando vuelvas esté todo listo para plantar cosas nuevas?
-Algo me han dicho Diego y Antonio.
-Y que sepas que el tito Lucas tiene sus tractores debajo de los olivos, para no perder la costumbre.
Conseguí que se riera. Era tan bonito verle sonreír. Quizás no tenía una dentadura envidiable, pero era una sonrisa tan tierna, tan dulce, tan llena de vida a pesar de todo, que cualquier cosa que hiciese aparecer aquella sonrisa junto con sus arrugas correspondientes merecía la pena.
De pronto todo el mundo se quedó callado. Entró Álex, el enfermero, a cambiarle la bolsa de suero, ¿o eran calmantes esta vez?
-Perdone, ¿usted sabe si voy a salir pronto? Es que quiero salir ya.
Parecía un niño pequeño quejándose porque no quería estar donde debía.
-No tengo ni idea, señor. Yo sólo me encargo de los cambios de bolsas. Eso tiene que preguntárselo al médico mañana cuando pase por aquí.
-Vaya…Entonces me queda otra noche más aquí…
-Pero no se preocupe, le trataremos lo mejor que podamos.
-Ya…
Hasta el más mínimo ápice de alegría se había borrado de su cara, de su voz.
Salí de la habitación con Álex.
-¿Sabes algo más?- le pregunté.
-Alice, te voy a ser sincero…
Oh, joder, malas noticias seguro.
-Tu abuelo está muy mal. Y siento tener que ser yo quien te diga esto, pero…
Se quedó callado. Me agarró las manos. Me miró a los ojos sin intención de volver a abrir la boca para terminar aquella frase, porque no hacía falta que dijese nada más que lo que sus ojos decían.
“Lo siento”
-No, joder, no. No me lo puedo creer.
Comencé a reírme de incredulidad. Era imposible que me estuviese diciendo eso.
-Es mejor que acabe todo esto, lo que le espera es peor. Y es mejor que acabe ahora a que siga los dolores se agraven y acabe sufriendo de verdad.
-Álex… Te agradezco tu sinceridad, pero hay cosas que aunque pueden ser obvias, es mejor no decir.
Y de un tirón hice que soltara mis manos para darme la vuelta y volver a entrar en la habitación.
-¡Pero Alice! ¿Podemos vernos esta noche y hablar tranquilamente?
-No, no quiero verte esta noche. Ni esta noche, ni nunca fuera de este maldito hospital. Creo que ya hemos hablado suficiente, o al menos para mí, tú has dicho demasiado.

Y con cientos de nudos en el estómago cerré la puerta de la habitación y volví a poner una sonrisa en mi cara.