viernes, 5 de septiembre de 2014

Un disfraz para la tristeza.

Capítulo 14.
De pronto me llamaron.
-¿Si?
-¡Alice!¿Dónde te metes? Que llevo sin verte desde a saber cuándo.
-Pues de un lado a otro sin saber dónde quedarme exactamente.
-¿Estás en casa? Tengo que contarte un montón de cosas…
-¿Si? No me digas que John…
-¡Sí, sí y sí! ¡Por fin!
-No me jodas, ¡enhorabuena!- pude ver cierta desesperación en la expresión de Leo. Desesperación y miedo por si se alargaba mucho más aquella conversación.- Oye Cris, tengo que dejarte, te llamo cuando llegue a casa.
-¿Pero dónde estás?
-En una tienda de disfraces.
-Pero si a ti sólo te falta la goma de la careta.
-Te odio mucho, ¿sabías?
-En realidad me adoras. Bueno, te dejo elegir disfraz. Espero tu llamada, eh.
Colgó. Miré a Leo.
-Bueno, ¿vas a empezar a elegirme disfraz o no?
-Por supuesto.
Abrió la puerta y me cedió el paso.
-Ve preparándote para hacerme un desfile.
-Ve haciéndote la idea de que te va a costar encontrar alguno que me quede bien.
Aquella tienda era un auténtico paraíso para los amantes de los disfraces.
-¡Oh, Leo!- dijo una señora saliendo de detrás del mostrador mientras se lanzaba a sus brazos.
-¡Marie, cuánto tiempo!
-Vaya, has venido acompañado.
-Sí. Marie, esta es Alice, y quiero que me enseñes todos los vestidos más preciosos de toda tu tienda.
-Tan preciosos como ella, ¿a que si?
-Lo has entendido a la primera.
-Vuelvo enseguida.
Y con una amplia sonrisa, desapareció tras una puerta de un ancho considerable. Cuando Marie volvió a  aparecer, lo hizo con, al menos, cien vestidos. No podía creerlo. ¿Me iba a tener que probar todos esos vestidos? Estaba claro que iba a pasarme la tarde en el probador.
Una vez que entré en el probador pude ver que hasta aquel pequeño rincón era impresionante. Era amplio, estaba limpio y bien iluminado, y tenía una puerta que cerraba de maravilla y no dejaba ver nada por ningún lado.
Comencé a probarme vestidos y a salir cada vez que me ponía uno. Cada vez que salía de aquella habitación, Leo y Marie me clavaban la mirada e inspeccionaban cada detalle del vestido, cómo se ceñía a mí, cómo me realzaba el pecho, cómo me sentaba el color…
Me sentía completamente observada. E incómoda. No solía llevar vestidos y mucho menos de esa clase, aunque eran preciosos.
Pasé más de hora y media probándome todos los vestidos que me había dado Marie, hasta que al final decidí que no me merecía llevar ninguno, aunque me gustasen todos. ¿Acaso había hecho algo especial o fuera de lo normal para merecerme alguno de esos vestidos? No.
Al final me senté en aquel probador, y le pedí a Leo que entrase.
-Leo, ¿puedes entrar? Por favor.
-Oh, parece que la dama quiere tu opinión.- dijo Marie en un tono divertido.
Llamó a la puerta educadamente y entró.
-Oye, Alice, ¿pasa algo? ¿Por qué estás sentada? ¿Te encuentras mal?
-No, no, para nada.
-¿Entonces, qué te ocurre?
-No creo que deba ir a la fiesta. Ni que debas comprarme ninguno de estos vestidos.
-Oh, vamos, ¿por qué dices eso? Levántate, quiero verte bien.
Le hice caso, y me levanté.
-No sé, no me merezco que me compres nada.
-Alice, no digas tonterías. ¿Recuerdas nuestras noches en la casa de campo? Me ofreciste quedarme a dormir aquella noche en la que llovía a cántaros. Te portaste genial conmigo a pesar de que no sabías quién era, sin saber nada de mi vida.
-Pero…
-No hay peros, no esta vez. Te invité a la fiesta porque quise, porque quiero ir contigo y que todos se queden mirando con envidia la acompañante tan preciosa que va conmigo. Y te compraré el vestido que yo quiera, principalmente porque gané la apuesta que hicimos y qué mínimo que te compre yo el vestido que tú quieras, y si no quieres elegir, lo elegiré yo.
-Eres un encanto…
-Y tú estás tremenda con ese vestido.
-Tienes una facilidad para destrozar los momentos bonitos muy inusual.
-Es un don innato, lo sé.
-También eres un poco idiota.
Se acerco rápidamente a mí y me besó. Le aparté con cuidado.
-¿De verdad crees que te van a envidiar por el simple hecho de ir conmigo?
-¿Simple? ¿De verdad has dicho simple? Vendrás conmigo porque perdiste una apuesta, y estoy seguro de que si te lo hubiera pedido de una forma normal y decente, me hubieras dicho que no.
-Eso es verdad.
Entonces le besé yo, pero esta vez en la comisura de los labios.
-¿De verdad crees que me sienta bien este vestido? Me veo demasiado rara.
-Es que eres rara.-dijo en un tono simpático.-Pero sí, te sienta de maravilla. Sinceramente no encuentro una palabra exacta para poder decirte lo guapísima que estás con él puesto. Aunque si la señorita Hayes me permite una pequeña observación…
-Dígame, ¿qué observación tiene usted que aportar, señor Laureth?-le contesté con voz seria y formal.

-A decir verdad, señorita Hayes, debo decirle que estaría mejor sin él. Y si me permite el honor de ser yo el que se lo quite, lo haré con mucho gusto…

No hay comentarios:

Publicar un comentario