Viendo que nadie venía a sustituirme,
decidí quedarme para no dejar a mi abuelo solo bajo ningún concepto.
-Chiquita-me
llamó mi abuelo. Era una de las formas que tenía de llamarme cariñosamente.-
puedes irte si quieres, ya te he dicho que estoy bien, y si en algún momento me
encuentro mal no tengo nada más que darle a este botón y algún médico vendrá.
No quiero ser una molestia.
-¿Pero cómo puedes decir eso? ¿Cuándo has
sido una molestia?
-Sé que ninguno queréis admitirlo, pero
todos tenéis vuestra vida, el mundo sigue girando y vosotros estáis pendientes
de mí. Soy un incordio, un obstáculo que os impide seguir con vuestro ritmo de
vida, y no quiero ser eso. Quiero que si tenéis algo que hacer, lo hagáis y no
penséis en quedaros aquí conmigo sólo porque estas cuatro paredes sean las
de un hospital y no las de mi casa.
-Nos vamos a preocupar por ti estés donde
estés y estés como estés, porque eres nuestro abuelo, padre, bisabuelo. Y para
mí eres el último pilar que sujeta mi vida, eres el único modelo a seguir que
he conocido que merezca la pena.-intenté mantener la calma, pero la voz me
falló.-Nunca has sido, y nunca serás un estorbo, un incordio, un obstáculo.
Eres un gran maestro de la vida, sabes enseñar lo que pocos han sabido, y has
sabido transmitir tanto que nadie se atrevería a negarlo.
-Ay mi pequeña y dulce Alice, siempre
sabiendo decir las palabras exactas para animar a un viejo y desanimado corazón.
Esbozó una pequeña sonrisa que casi no
terminó de verse en su cara antes de que bajase la cabeza hacia el plato de
comida. ¿La comida del hospital siempre tenía tan mala pinta o era solo aquel
plato?
De pronto apareció el enfermero. “¡Por fin! Ya era hora de que asomase la
cabeza por la habitación.” Pensé.
-Eh tú, ven aquí.-me dijo mientras me
hacía señas con la mano para que me acercara a él.
-Tengo nombre, me llamo Alice.
-Un nombre precioso para una chica
encantadora. Yo soy Álex.
-Encantada Álex, ¿sabes algo sobre el
estado de mi abuelo?
De pronto su expresión se volvió seria y
triste, una mezcla de emociones que me hizo estremecer en lo más hondo de mi
ser.
-Odio ser portador de malas noticias
Alice, pero tu abuelo tiene cáncer, y con lo mayor que está no se sabe si sería
bueno para él someterlo a quimioterapia.
No podía creérmelo. Cáncer. Otra vez.
Como si no hubiesen sido suficientes todas las personas que había perdido por
el cáncer, ahora mi abuelo lo sufría por segunda vez.
-¿Los médicos están seguros de que es
cáncer y no otra cosa que no necesite un tratamiento tan agresivo? Por favor
dime que eso es mentira, que no es cáncer, que es algo que se puede curar sin
ningún riesgo, no puedo perderle.
Mi vista se nublaba por momentos, sus
ojos se llenaron de compasión pero la respuesta era inevitable.
-Alice, los médicos se han asegurado por
completo por ser un paciente de tan avanzada edad. Lo siento.
No aguanté más y me deshice en lágrimas.
Sabía que había algo más detrás de esa noche en el hospital, sabía que algo
malo tenía que pasar, sabía que los finales en la quinta planta no podían ser
felices.
De pronto las piernas comenzaron a
temblarme y casi no podía sostenerme en pie. Malditos nervios, maldita presión.
Álex me sujetó y me ayudó a sentarme en
una silla fuera de la habitación.
-Quédate aquí, voy a traerte algo para
que te ayude a tranquilizarte, no querrás entrar en la habitación con este
ataque de nervios.
-No, gracias, estoy bien, estoy
bien.-dije intentando levantarme sin ningún éxito.
-No lo estás, así que voy a traerte algo,
y no me rechistes más, que aquí el enfermero soy yo. Prometo no tardar.
Me pellizqué en el brazo esperando que
todo eso fuera un mal sueño, una pesadilla demasiado real y que con el dolor conseguiría
despertarme y estaría en mi habitación, en mi cama. Pero no, el pellizco se
puso rojo y dolió, pero yo seguía allí, en el pasillo del hospital con las
malas noticias corriendo por mi sistema nervioso, echándose una carrera a ver
cuál era la primera en romperme en mil pedazos llevándome a la cruda realidad
que ahora me rodeaba, y esperando a que Álex, el enfermero, me trajese algo
para intentar tranquilizarme.
Vi como se alejaba y se perdía tras una
esquina. Aproveché aquel pequeño silencio que se había creado en el pasillo
para pensar un poco, pues era un silencio hecho a medida para mí.
“¿Y ahora qué? Esa es la gran pregunta que envuelve el mundo a cada
segundo que pasa con más intensidad que el segundo anterior. Nos consumen las
dudas, nos consume el tiempo, pero sobre todo nos consume el saber si alguien
nos recordará después de muertos, si alguien sabrá contar nuestra historia sin
perderse, si alguien podrá contar nuestra historia con todo lujo de detalles,
si hemos sido capaces de dejar huella en algunas personas o en todas en las que
hemos conocido, si alguien se ha llevado algo de nosotros con ellos, o si
simplemente nos van a olvidar a los días sin lágrimas, sin importancia.
Ahora mismo siento como si todas mis dudas se hubiesen hecho realidad
y hubiesen cavado una tumba para mí y para mi estabilidad. Una tumba a la que
me había empujado a base de realidades y en la que ahora, conmigo dentro,
estaban tirando tierra sin ningún cuidado. Mis dudas me estaban enterrando.”
En ese momento apareció Álex con el
típico vaso blanco que tienen en muchos establecimientos.
-Toma, espero que esté bien de azúcar.
-Gracias.-dije sonriendo mientras cogía
aquel vaso de entre sus manos.
Nuestras manos se rozaron y una pequeña
chispa pareció recorrer su mirada grisácea. Bebí un poco, ya que aquel líquido
estaba bastante caliente, y al menos el primer sorbo no estaba malo.
-Está genial de azúcar, muchas gracias.
Se sentó a mi lado sin disimular ni un
minuto que no paraba de mirarme.
-¿Estás mejor?-me preguntó con notable
preocupación.
-Estoy bien, ya te lo dije antes.
-Buen intento encanto, pero sé de sobra
que no estás bien. Te vendría bien tomar el aire, salir y distraerte…-se calló
de pronto.
En ese momento subió mi tía, me vio con
aquel enfermero y se acercó con cara de sorpresa.
-Buenas tardes.-nos saludó con una
sonrisa a los dos.- ¿Cómo está tu abuelo?
-Bien, un poco tristón, pero él dice que
se encuentra bien. Ha comido hace un rato y ya se han llevado los cacharros de
la comida.
-¿Y tú, cómo estás? Te veo rara.
-Como siempre, estoy bien.- le dije
intentando poner una sonrisa lo más natural posible para que no preguntase más.
-Bueno, voy a la habitación, os dejo aquí
hablando. Ah, y gracias por cuidar de mi sobrina, enfermero.
-Ha sido un auténtico placer, la cuido
cuando quiera.-dijo entre risas.
Mi tía se dio la vuelta y entró en la
habitación guiñándome un ojo. ¿Hola? ¿Estaba loca? Sí, lo estaba si pensaba que
estábamos ligando.
-Bueno, yo voy a despedirme de mi abuelo
me voy a ir a casa.
-Esto… Claro, está bien, pero me
preguntaba si te gustaría salir a tomar algo esta noche, ya sabes, para
despejarte un poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario