miércoles, 23 de julio de 2014

¿Dónde queda tu inocencia?

Capítulo 12

¿Y ahora qué podía decirle? Ya tenía planes para esta tarde y cuando llegase a casa no tendría ganas de volver a salir, ni siquiera tenía ganas de buscar un disfraz para la fiesta del viernes. Sólo quería encerrarme en mi habitación, a oscuras, para poder aclarar todo lo que me rondaba la cabeza y desahogarme sin miedo a que cualquiera quisiera abrazarme para consolarme. No quería que nadie me consolara, no cuando sabía que no había solución, no esta vez.
No quería decirle un “no” rotundo, no quería parecer borde con él; no se había portado mal conmigo a pesar de no conocerme de absolutamente nada.
-Mejor otro día, tengo que intentar ordenar todo el desorden emocional que tengo ahora mismo…
De pronto esa sonrisa esperanzada en un “sí” desapareció de su cara, y por un instante me sentí mal.
-¿Mañana te viene bien?-le pregunté.- Mañana seguro que me encuentro mejor.
-Sí, por supuesto.-volvió a sonreír.
Le devolví la sonrisa, me despedí diciéndole adiós con la mano y me giré para ir a la habitación 513 para terminar de despedirme y salir de allí. Pegué en la puerta y entré. Mi abuelo estaba en la cama, se había dormido; y mi tía estaba en sentada en sofá leyendo una de sus revistas de arte. Decidí no entrar más, decidí quedarme ahí, en la puerta, y despedirme con un rápido gesto con la mano y una sonrisa que decía “hasta mañana”.
Salí del hospital sin problemas y, por suerte, encontré una parada de autobús un par de calles más abajo de éste. Esperé unos quince minutos antes de que el bus que tenía que coger para llegar a casa llegase a la parada donde yo estaba. Subí detrás de un chico que olía de una forma peculiar, me recordaba a alguien. Tuve suerte y encontré un par de asientos libres, así no tendría que compartir asiento con nadie, al menos hasta la próxima parada.
Después de un rato en el autobús recordé a quién me recordaba el olor de ese chico. A Leo. “Mierda, seguro que llego tarde. Había quedado a las cinco” Miré el móvil y eran las cinco menos veinticinco, y aún me quedaba un rato para llegar. Se me ocurrió llamarlo para avisarle de que llegase un poco más tarde o tendría que esperar, pero no tenía su número ni ninguna forma de localizarle.
Tendría que esperar una vez más. “Si sigo haciéndole esperar cada vez que nos vamos a ver, va a acabar por no querer verme más.” Al fin llegué a casa. Eran las cinco en punto y ahí estaba Leo, esperándome, tan puntual como siempre.
-¿Estás lista?
-Esto… Necesito darme una ducha.
-¿Voy a tener que esperar otra vez?
-Prometo tardar poco, de verdad.
No parecía muy convencido de que tardaría poco, así que le puse mi mejor cara para convencer y le besé en la mejilla.
-Está bien, me has convencido. Por suerte he encontrado aparcamiento.
-Venga, vamos.
Le cogí de la mano y entramos al portal. No tenía ganas de hablar de lo que me había pasado en el hospital por lo que tendría que intentar disimular todo lo que pudiese.
-Pasa, ¿quieres tomar algo?
-No, gracias. Venga, dúchate, hay un disfraz que nos está esperando.
-Voy.-le dije con una sonrisa.- Pero antes de entrar en la ducha, ¿tengo que ponerme algo especial?
-Lo que quieras, con lo que te pongas estarás especial.
Me guiñó un ojo, le sonreí y entré en el baño para dejar que el agua se mezclase con el recorrido silencioso de mis lágrimas cayendo por mi cara.
“Tengo que contárselo, tengo que desahogarme, él confía en mí.
No, será mejor que me quede callada, que no diga nada, no quiero preocupar a nadie con mis cosas, además ya debería estar acostumbrada a todo el dolor y a sentirme mal…
Yo puedo sola con esto. Le demostraré al mundo de lo que soy capaz…”
-¿Estás bien?
Mierda, ¿me habría oído llorar? Imposible. Me aclaré la voz para poder contestarle en un tono adecuado.
-Esto, sí, ¿por qué?
-Porque llevas más de veinte minutos ahí dentro, y pensé que te habías olvidado de mí.
-Ups, ahora que lo dices… Salgo en seguida.
Salí de la ducha, me sequé e intenté arreglarme los pelos. Me vestí, me pinté un poco los ojos y me puse cacao en los labios. No sabía a dónde iba a llevarme, a qué tienda de disfraces me iba a hacer entrar para probármelos, y no quería ir demasiado informal, aparte, era Leo Laureth, el famoso Leo Laureth, el encantador Leo Laureth, se merecía que me arreglase aunque solo fuese un poco.
Al fin salí del baño completamente arreglada.
-¿Qué te parece?-le dije sonriendo tímidamente.
-Vaya. Estás…Preciosa.
Inmediatamente se levantó del sofá y me abrazó por la cintura. Le miré a los ojos y en ese silencio en el que solo existíamos los dos, le besé. Fue un beso casto, sencillo, quería que quisiera que me importaba. En ese momento él me devolvió el beso, pero fue un beso lleno de pasión, de necesidad, tanto que le acabé necesitando yo también.
Cada vez me agarraba más fuerte de la cintura, cada vez había menos espacio entre nosotros, cada vez le quería más cerca, cada vez le necesitaba más. De pronto comenzó a besarme el cuello, lentamente, con la intensidad perfecta para volver loca a cualquiera, entonces le agarré la cara, quería mirarle a los ojos, quería verle, y sus ojos me dijeron todo lo que él no decía, quería más de mí. Volví a besarle en los labios, y le mordí el labio inferior procurando no hacerle daño provocando en él efecto deseado.
-Leo-intenté que parase ya que estaba notando que algo vibraba en su bolsillo.-Leo, te están llamando.
-Después devolveré la llamada.
Leo no paraba de besarme, así que decidí sujetarle la cara y mirándole a los ojos le insistí para que contestase.
-No puedo resistirme a esa mirada de “por favor, haz lo que te digo”.

-Lo tendré en cuenta, ahora contesta, quizás es importante.

martes, 15 de julio de 2014

La historia se repite.

Capítulo 11

Viendo que nadie venía a sustituirme, decidí quedarme para no dejar a mi abuelo solo bajo ningún concepto.
-Chiquita-me llamó mi abuelo. Era una de las formas que tenía de llamarme cariñosamente.- puedes irte si quieres, ya te he dicho que estoy bien, y si en algún momento me encuentro mal no tengo nada más que darle a este botón y algún médico vendrá. No quiero ser una molestia.
-¿Pero cómo puedes decir eso? ¿Cuándo has sido una molestia?
-Sé que ninguno queréis admitirlo, pero todos tenéis vuestra vida, el mundo sigue girando y vosotros estáis pendientes de mí. Soy un incordio, un obstáculo que os impide seguir con vuestro ritmo de vida, y no quiero ser eso. Quiero que si tenéis algo que hacer, lo hagáis y no penséis en quedaros aquí conmigo sólo porque estas cuatro paredes sean las de  un hospital y no las de mi casa.
-Nos vamos a preocupar por ti estés donde estés y estés como estés, porque eres nuestro abuelo, padre, bisabuelo. Y para mí eres el último pilar que sujeta mi vida, eres el único modelo a seguir que he conocido que merezca la pena.-intenté mantener la calma, pero la voz me falló.-Nunca has sido, y nunca serás un estorbo, un incordio, un obstáculo. Eres un gran maestro de la vida, sabes enseñar lo que pocos han sabido, y has sabido transmitir tanto que nadie se atrevería a negarlo.
-Ay mi pequeña y dulce Alice, siempre sabiendo decir las palabras exactas para animar a un viejo y desanimado corazón.
Esbozó una pequeña sonrisa que casi no terminó de verse en su cara antes de que bajase la cabeza hacia el plato de comida. ¿La comida del hospital siempre tenía tan mala pinta o era solo aquel plato?
De pronto apareció el enfermero. “¡Por fin! Ya era hora de que asomase la cabeza por la habitación.” Pensé.
-Eh tú, ven aquí.-me dijo mientras me hacía señas con la mano para que me acercara a él.
-Tengo nombre, me llamo Alice.
-Un nombre precioso para una chica encantadora. Yo soy Álex.
-Encantada Álex, ¿sabes algo sobre el estado de mi abuelo?
De pronto su expresión se volvió seria y triste, una mezcla de emociones que me hizo estremecer en lo más hondo de mi ser.
-Odio ser portador de malas noticias Alice, pero tu abuelo tiene cáncer, y con lo mayor que está no se sabe si sería bueno para él someterlo a quimioterapia.
No podía creérmelo. Cáncer. Otra vez. Como si no hubiesen sido suficientes todas las personas que había perdido por el cáncer, ahora mi abuelo lo sufría por segunda vez.
-¿Los médicos están seguros de que es cáncer y no otra cosa que no necesite un tratamiento tan agresivo? Por favor dime que eso es mentira, que no es cáncer, que es algo que se puede curar sin ningún riesgo, no puedo perderle.
Mi vista se nublaba por momentos, sus ojos se llenaron de compasión pero la respuesta era inevitable.
-Alice, los médicos se han asegurado por completo por ser un paciente de tan avanzada edad. Lo siento.
No aguanté más y me deshice en lágrimas. Sabía que había algo más detrás de esa noche en el hospital, sabía que algo malo tenía que pasar, sabía que los finales en la quinta planta no podían ser felices.
De pronto las piernas comenzaron a temblarme y casi no podía sostenerme en pie. Malditos nervios, maldita presión.
Álex me sujetó y me ayudó a sentarme en una silla fuera de la habitación.
-Quédate aquí, voy a traerte algo para que te ayude a tranquilizarte, no querrás entrar en la habitación con este ataque de nervios.
-No, gracias, estoy bien, estoy bien.-dije intentando levantarme sin ningún éxito.
-No lo estás, así que voy a traerte algo, y no me rechistes más, que aquí el enfermero soy yo. Prometo no tardar.
Me pellizqué en el brazo esperando que todo eso fuera un mal sueño, una pesadilla demasiado real y que con el dolor conseguiría despertarme y estaría en mi habitación, en mi cama. Pero no, el pellizco se puso rojo y dolió, pero yo seguía allí, en el pasillo del hospital con las malas noticias corriendo por mi sistema nervioso, echándose una carrera a ver cuál era la primera en romperme en mil pedazos llevándome a la cruda realidad que ahora me rodeaba, y esperando a que Álex, el enfermero, me trajese algo para intentar tranquilizarme.
Vi como se alejaba y se perdía tras una esquina. Aproveché aquel pequeño silencio que se había creado en el pasillo para pensar un poco, pues era un silencio hecho a medida para mí.
“¿Y ahora qué? Esa es la gran pregunta que envuelve el mundo a cada segundo que pasa con más intensidad que el segundo anterior. Nos consumen las dudas, nos consume el tiempo, pero sobre todo nos consume el saber si alguien nos recordará después de muertos, si alguien sabrá contar nuestra historia sin perderse, si alguien podrá contar nuestra historia con todo lujo de detalles, si hemos sido capaces de dejar huella en algunas personas o en todas en las que hemos conocido, si alguien se ha llevado algo de nosotros con ellos, o si simplemente nos van a olvidar a los días sin lágrimas, sin importancia.
Ahora mismo siento como si todas mis dudas se hubiesen hecho realidad y hubiesen cavado una tumba para mí y para mi estabilidad. Una tumba a la que me había empujado a base de realidades y en la que ahora, conmigo dentro, estaban tirando tierra sin ningún cuidado. Mis dudas me estaban enterrando.”
En ese momento apareció Álex con el típico vaso blanco que tienen en muchos establecimientos.
-Toma, espero que esté bien de azúcar.
-Gracias.-dije sonriendo mientras cogía aquel vaso de entre sus manos.
Nuestras manos se rozaron y una pequeña chispa pareció recorrer su mirada grisácea. Bebí un poco, ya que aquel líquido estaba bastante caliente, y al menos el primer sorbo no estaba malo.
-Está genial de azúcar, muchas gracias.
Se sentó a mi lado sin disimular ni un minuto que no paraba de mirarme.
-¿Estás mejor?-me preguntó con notable preocupación.
-Estoy bien, ya te lo dije antes.
-Buen intento encanto, pero sé de sobra que no estás bien. Te vendría bien tomar el aire, salir y distraerte…-se calló de pronto.
En ese momento subió mi tía, me vio con aquel enfermero y se acercó con cara de sorpresa.
-Buenas tardes.-nos saludó con una sonrisa a los dos.- ¿Cómo está tu abuelo?
-Bien, un poco tristón, pero él dice que se encuentra bien. Ha comido hace un rato y ya se han llevado los cacharros de la comida.
-¿Y tú, cómo estás? Te veo rara.
-Como siempre, estoy bien.- le dije intentando poner una sonrisa lo más natural posible para que no preguntase más.
-Bueno, voy a la habitación, os dejo aquí hablando. Ah, y gracias por cuidar de mi sobrina, enfermero.
-Ha sido un auténtico placer, la cuido cuando quiera.-dijo entre risas.
Mi tía se dio la vuelta y entró en la habitación guiñándome un ojo. ¿Hola? ¿Estaba loca? Sí, lo estaba si pensaba que estábamos ligando.
-Bueno, yo voy a despedirme de mi abuelo me voy a ir a casa.

-Esto… Claro, está bien, pero me preguntaba si te gustaría salir a tomar algo esta noche, ya sabes, para despejarte un poco.