Capítulo 17
Era difícil mantener la calma en momentos como ese, por eso decidí pasar un máximo de diez minutos allí dentro y luego, salir corriendo para volver a esconderme entre las cuatro paredes de mi cuarto. Total, ahora tenía la noche libre, podría hacer lo que me apeteciese, aunque sólo me apetecía estar con Leo.
Me despedí corriendo de todo el mundo y abracé a mi abuelo como si fuese el último abrazo que iba a poder darle. Una vez fuera de aquel hospital volví a encontrarme con Álex en la puerta. ¿No iba a poder librarme de aquel puñetero enfermero?
Me hice la loca y seguí mi camino hacia el bus de vuela. Él, insistió en vernos esa misma noche, pero yo ni siquiera quería escucharle.
-Álex, creo que ya has dicho suficiente por hoy.
-Pero Alice, déjame expli...
-Que no, joder, ¿qué mierda quieres explicar ahora? Has dicho que era mejor que mi abuelo muriese lo antes posible, ¿qué pretendes explicar de eso? Cuando he entrado hoy en esa estúpida habitación he visto esperanza en sus ojos, esperanza de salir de ahí, vivo. Y ahora vienes tú con tus estúpidas buenas intenciones a decirme que la esperanza es lo primero que tenemos que perder todos al cruzar por el umbral de esa puerta. No creo que tengas que explicar nada.
Me di la vuelta sin pensarlo, soportando un millón de lágrimas tras mis ojos rojos, y sin estar segura al cien por cien de todo lo que había dicho gracias a mis nervios. O quizás desgraciadamente.
Perdí la noción del tiempo de vuelta a casa, pues había llegado andando y el camino no me había parecido tan largo.
Probé a llamar a Leo. Necesitaba olvidarme de todo, creerme la reina del mundo, un poco de compañía silenciosa, o quizás un poco de todo lo que me daba él.
Tras dos intentos desistí.
Llené la bañera de agua y sales, y el baño, de velas. Si no me relajaba al menos quizás moría ahogada entre sales o incinerada entre velas de vainilla.
Me desnudé, y me metí poco a poco, disfrutando cómo el calor de del agua me templaba hasta los huesos. Una vez dentro me limité a cerrar los ojos e imaginar que las cosas iban bien.
Tras veinte minutos, o quizás más, sonó el timbre. "Ya volverán a llamar si es importante", pensé. Volvió a sonar dos veces más, y otra más. "Joder, debe de ser bastante urgente para llamar de esa manera". Salí corriendo hacia la puerta medio empapada. Conseguí llegar sin resbalarme y abrí.
-Alice, joder...
Era Leo, y parecía algo preocupado. Sin casi darme tiempo para preguntar qué pasaba, cerró la puerta tras de sí y me besó como si hiciese años que no me besaba. Me abrazó.
-¿Qué ha pasado?- logré preguntar al fin.
.Creía que te había pasado algo. Vi tus llamadas y te he llamado como quince veces y no respondías. Y luego he... Llamado a tu puerta y tardabas tanto que... Joder.
-¿Quince veces? Esas sales deben de ser somníferos o algo así.-intenté tranquilizarle.- Leo, no me ha pasado nada. Estoy entera, aún. Y tú te estás mojando tu camisa favorita y ese pantalón que tanto me gusta. Sólo estaba tomando un baño.
-¿Y esa bañera vale para dos personas?
-Es una bañera hecha a medida, lo siento.- dije intentando que se riese un poco .
-Pues vístete rápido, te vienes a mi casa.
-¿Rápido? Sabes que soy la hermana de las tortugas.
-Rápido, o te vienes así. Cómo más guste la señorita.
-Creo que puedo hacer un esfuerzo y vestirme rápido.
viernes, 28 de agosto de 2015
viernes, 26 de junio de 2015
Mi seguridad juega al escondite.
Al fin salimos de la tienda. Leo con su
tranquilidad, y yo, bueno, salí roja como un tomate y nerviosa. Quería decirle
que no sabía si iba a poder ir a la fiesta, quería decirle lo que estaba pasando
con mi abuelo, quería decirle que había quedado con Alex, quería decirle que me
gustaba, que quería más de él, quería decirle tantas cosas, pero de mi boca no
salió más que un “¿vamos a algún lugar más?”.
-¿Dónde quieres ir?
-Dónde tú quieras llevarme.
-Quiero llevarte al cielo, y aunque puedo hacerlo
en cualquier lugar, no creo que tú quieras.
-¿Y por dónde dices que queda ese cielo del que
hablas?
No pude evitar sonreírle, quería más de él y me
daba igual la manera de conseguirlo. Se rió, no esperaba una respuesta así de
mí que parecía siempre tan tímida. Subió al coche sin decir nada más, me subí
con él, y empezó a conducir.
El silencio se hizo un hueco entre nosotros alejándonos
un poco más de lo que no éramos. Y yo, tan estúpida, disfrutando de los
silencios a su lado, cuando lo único que me quedaría sería silencio.
Al fin llegamos a mi casa. Me dolía demasiado la
cabeza, así que me despedí rápidamente, subí y me encerré en mi habitación.
Era la reina de los dolores de cabeza, pero ¿este
a qué venía?
Joder, estaba harta de todo, sólo quería quedarme
en mi habitación viendo alguna serie, alguna película, leyendo algún libro,
evadirme de mi vida sin salir de casa. Y
eso hice. Al menos hasta que tuve que volver a salir para ver cómo se encontraba
mi abuelo.
Otra vez de camino al centro a coger aquel bus,
que me dejaría en aquel horroroso hospital. Horroroso por todo lo que
conllevaba estar allí.
Volví a subirme al ascensor, volví a pulsar aquel botón para acabar en la planta dónde se
respiraba más olor a muerte que a flores de condolencias.
“Toc-toc”. Hice sonar la puerta con mis nudillos,
y hasta aquello me dolía. Una vez que entré pude ver a mi abuelo de pie,
sujetando “el chisme del suero”, como el decía, mirando por la ventana,
hablando con todos los que estaban con él en la habitación, riéndose. Aún podía
pensar que había algo de esperanza en salir de aquellas cuatro paredes color
salmón.
-¡Pero bueno! ¿Tú has visto a todos estos tontos
perdidos con el móvil? ¡Todo el día tic-tic-tic!- dijo mi abuelo riendo y
gesticulando con la mano que le quedaba libre.
-Ay, abuelito, las nuevas tecnologías nos van a
acabar quitando del medio.
Le abracé y le di un beso.
-¿Cómo estás hoy? ¿Mejor?
-Si yo siempre estoy bien, ya lo sabes, pero he
pasado mejor noche.
-Entonces ya mismo estás fuera de aquí.
-Yo tengo unas ganas de irme ya. No me gustan los
médicos y mucho menos los hospitales, y ya si hablamos de las medicinas…
-Pues mejor no hablamos de ellas. ¿Te han dicho
ya que se están ocupando de tu huerto mientras tú no puedes para que cuando
vuelvas esté todo listo para plantar cosas nuevas?
-Algo me han dicho Diego y Antonio.
-Y que sepas que el tito Lucas tiene sus
tractores debajo de los olivos, para no perder la costumbre.
Conseguí que se riera. Era tan bonito verle
sonreír. Quizás no tenía una dentadura envidiable, pero era una sonrisa tan
tierna, tan dulce, tan llena de vida a pesar de todo, que cualquier cosa que
hiciese aparecer aquella sonrisa junto con sus arrugas correspondientes merecía
la pena.
De pronto todo el mundo se quedó callado. Entró
Álex, el enfermero, a cambiarle la bolsa de suero, ¿o eran calmantes esta vez?
-Perdone, ¿usted sabe si voy a salir pronto? Es
que quiero salir ya.
Parecía un niño pequeño quejándose porque no
quería estar donde debía.
-No tengo ni idea, señor. Yo sólo me encargo de
los cambios de bolsas. Eso tiene que preguntárselo al médico mañana cuando pase
por aquí.
-Vaya…Entonces me queda otra noche más aquí…
-Pero no se preocupe, le trataremos lo mejor que
podamos.
-Ya…
Hasta el más mínimo ápice de alegría se había
borrado de su cara, de su voz.
Salí de la habitación con Álex.
-¿Sabes algo más?- le pregunté.
-Alice, te voy a ser sincero…
Oh, joder, malas noticias seguro.
-Tu abuelo está muy mal. Y siento tener que ser
yo quien te diga esto, pero…
Se quedó callado. Me agarró las manos. Me miró a
los ojos sin intención de volver a abrir la boca para terminar aquella frase,
porque no hacía falta que dijese nada más que lo que sus ojos decían.
“Lo siento”
-No, joder, no. No me lo puedo creer.
Comencé a reírme de incredulidad. Era imposible
que me estuviese diciendo eso.
-Es mejor que acabe todo esto, lo que le espera
es peor. Y es mejor que acabe ahora a que siga los dolores se agraven y acabe
sufriendo de verdad.
-Álex… Te agradezco tu sinceridad, pero hay cosas
que aunque pueden ser obvias, es mejor no decir.
Y de un tirón hice que soltara mis manos para
darme la vuelta y volver a entrar en la habitación.
-¡Pero Alice! ¿Podemos vernos esta noche y hablar
tranquilamente?
-No, no quiero verte esta noche. Ni esta noche,
ni nunca fuera de este maldito hospital. Creo que ya hemos hablado suficiente,
o al menos para mí, tú has dicho demasiado.
Y con cientos de nudos en el estómago cerré la
puerta de la habitación y volví a poner una sonrisa en mi cara.
lunes, 23 de marzo de 2015
Esconder mi dolor tras una máscara.
Lo tenía tan cerca. Podía notar sus dedos jugando
por mi espalda por encima del vestido. Tenía una mirada tan dulce e intensa,
que derretiría a cualquiera. Y joder, tenerlo cerca me transmitía todo lo que
yo necesitaba. Pasión, calma, serenidad, era tan sexy, era todo lo que quería
pero sin embargo y a pesar de todo, yo tenía la sensación de no merecerlo. Pero
lo merecía, aunque solo fuese por unos minutos. Me merecía unos minutos de
diversión después de todo, y él era perfecto para divertirme.
-Señor Laureth, si me permite una pequeña
observación…
Me miró ansioso por saber qué diría.
-Creo que no debería quitarme el vestido, ya que
si hace eso, me veré en la obligación de quitarle la camisa, o quizás los
pantalones. Estoy algo indecisa.
-Me parece una buena idea.
-Pero Marie está ahí fuera, esperando a que salga
para clavarme sus ojos y decir que el vestido me queda fantástico, o es mejor
que pruebe con otro.
Puso esa sonrisa que tanto me gustaba, esa
sonrisa de lado.
-Marie, ¿puedes hacerme un favor?
-Claro, Leo, ¿ocurre algo?
-No, no hay de qué preocuparse. Simplemente, ¿podrías dejarnos solos a la
señorita Alice y a mí unos minutos? Tenemos que hablar de algo… Íntimo.
-Oh, ya veo, estaré por el otro lado por si
necesitáis algo.
-Gracias, Marie. Bueno, ¿por dónde íbamos
señorita Hayes?
-Bueno, creo que íbamos por la parte dónde yo
hacía algo así.
Me lancé. Le besé mientras le acercaba más a mí.
Podía notar los nervios en mi estómago, la emoción en mi piel de gallina, y la
pasión que emanaba Leo en aquel beso. Fue intenso, apasionado, fue Leo en todo
su esplendor.
-Alice, date la vuelta.
-¿Por qué?
-Porque no consigo deshacer el nudo del corsé.
-Oh, vaya.- Se me escapó una pequeña risa.
-Así si podré continuar.
Podía notar como deshacía el nudo del corsé y como
su respiración se aceleraba. Terminó, me
dio la vuelta, me daba vergüenza que me viera así, así que procuré mantenerme
lo más cerca de él que pude. Él me miraba como si nunca hubiese visto a alguien
como yo, me miraba como si fuese única.
Me tenía contra la pared, no podía quitármelo de
encima, bueno, más bien, no quería. No podía parar de besarle, le quería a él,
le quería ahora. Uno a uno desabroché los botones de su camisa, disfrutando
cómo con cada botón estaba más cerca de
sentirle por completo, de notar su piel contra la mía. Olía tan bien.
Paró, y me miró con esos ojos, con esa mirada tan
intensa. Por un momento comencé a morderme el labio.
-Señorita Hayes, eso de morderle el labio es cosa
mía.
-Pero señor Laureth, si usted me muerde, me veré
en la obligación de morderle.
-Bueno, a veces para pasarlo bien hay que aceptar
algunos riesgos.
Tiró hacia abajo con una de sus manos para que lo
soltara y le mordí antes de que él pudiera hacer nada. Con su cuello entre mis
dientes pude notar como soltó un pequeño gemido. Sin tiempo para volver a morderle
o besarle, me levantó los brazos y los sujetó sobre mi cabeza. No podía hacer
nada, me tenía inmovilizada.
-Alice, otra vez te estás mordiendo el labio.
-No me dejas otra opción, no puedo moverme y no
quiero que pares.
-Ah, eres una chica impaciente.
-Sólo a veces.
-Está bien. ¿Serás capaz de quedarte quieta con
los brazos sobre tu cabeza?
-Puedo intentarlo.- le dije poniendo mi mejor
cara de niña buena.
Me soltó y, simplemente, se quedó mirándome, sin
decir nada, sin hacer nada, sólo mirándome.
-Eres tan jodidamente preciosa Alice, ¿no te das
cuenta?
Comencé a bajar los brazos lentamente mientras
negaba con la cabeza.
Rápidamente reaccionó. Volvió a besarme pero esta
vez, lo hizo como nunca. Me cogió en brazos. Podía notarle más que nunca, conmigo,
en mí.
-Ssh, baja el tono, Marie está al otro lado.
-Si quieres que baje el tono tendrás que bajar el
ritmo.
-¿Quieres que lo haga?
-Por favor, no.
Entonces me besó, así Marie no podría oírme o al
menos me oiría menos. Me sentía viva por primera vez en años, me sentía bien,
podía sentirme yo misma.
Después de un rato salimos del probador entre
risas, miradas y alguna que otra caricia.
-Os ha costado decidiros por lo que veo, ¿no?-
preguntó Marie.
-Sí, bueno, son todos preciosos y Leo no sabía
decir tampoco cual me quedaba mejor, pero hemos conseguido ponernos de acuerdo.
-Ya sabes Marie, a veces soy bastante indeciso,
sobre todo a la hora de elegir vestidos para chicas tan preciosas que están mejor
sin…
Le di un codazo a tiempo.
-… Sin complicarse. Y también nos llevaremos esa
máscara de encaje negra.
-Sin complicarse, ¿eh? Bueno os lleváis este
vestido verde con su correspondiente corsé y una preciosa máscara de encaje
todo hecho a mano. Pues serán 1.537’75€.
-Aquí tienes Marie.
-Espera, Leo, ¿estás seguro? Si no, puedo elegir
otro más barato o incluso no tengo porqué ir a la fiesta.- le dije murmurando.
-Shh, creo que nunca he estado más seguro. A
parte ya me lo pagarás.
-Pero no tengo tanto dinero.
-¿Y quién te ha dicho que me lo vayas a pagar en
euros?- me guiñó un ojo.
-Listo, Leo, aquí tenéis, y que disfrutéis de la
fiesta, espero que tanto como del probador.
Oh, joder, Marie debía de habernos escuchado,
debía de haberlo escuchado todo si había oído lo de la fiesta, cosa que le
había dicho en un susurro a Leo.
-Ten por seguro que la disfrutaremos igual o
incluso más.- respondió Leo, ni corto ni perezoso mientras yo intentaba
disimular la vergüenza que sentía en ese momento aunque el rojo de mi cara me
lo impidiese.
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