Capítulo 5.
Fui al salón, seguía lloviendo a cántaros así que me puse cerca de la chimenea para calmar al frío. Al poco rato salió el chico de la ducha y traía el pelo empapado.
Fui al salón, seguía lloviendo a cántaros así que me puse cerca de la chimenea para calmar al frío. Al poco rato salió el chico de la ducha y traía el pelo empapado.
-Ponte aquí, anda.-le dije dejándole sitio cerca la chimenea- Voy a traerte una toalla para el pelo.
Me di la vuelta y fui hacia el baño para buscar una toalla, cuando la encontré, volví al salón y se la puse sobre la cabeza. Le sentaba tan bien el pelo alborotado.
-Oye, ¿qué te parecía tan curioso?
-Oh, nada importante.
-Dijiste que me lo dirías.
-Pensé que se te olvidaría.
-Pues no se me ha olvidado, así que dímelo, quiero saberlo.
-Está bien. ¿Te gustaba mi espalda, no?
-Sí.
-Vale, pues a mí me gusta tu espalda. De hecho me gustaría acariciarla durante toda una noche.
De pronto noté que me subían los colores.
-Pe… Pero… Si tú… No me has visto la espalda.
-Si, bueno… Quizás me asomé por la ventana del baño cuando salí a por la leña y vi algo más que una bonita espalda que quiero acariciar.
-Mentira…
-Bueno, créete lo que quieras, pero yo sé lo que vi.-dijo poniendo esa sonrisa torcida suya que tanto me encantaba.
-Esto…- Me puse colorada y miré hacia el suelo, más concretamente hacia mis pies. Me sentía incapaz de levantar la cabeza y mirarle después de saber que me había visto en la ducha. Será cretino, ¿cómo se ha atrevido a mirar por la venta? ¿A si quiera pensarlo?
En ese momento me cogió de la cintura y me acercó a él. Notaba que me miraba, pero yo seguía sin poder levantar la mirada. Me estaba poniendo nerviosa por momentos. Parecía que el tiempo se había parado para hacerme pasar un mal rato.
De pronto noté su respiración, sus latidos. Me estaba abrazando, y me sentía protegida entre sus brazos, no sentía vergüenza, a pesar de saber que me había visto por la ventana del baño, así que levanté la cabeza y le miré.
Me quedé mirándole a los ojos. Esos ojos claros que parecían saber hasta mis secretos más oscuros, pero que querían saber más. De pronto me besó.
Pero no fue el típico beso que te meten la lengua hasta el estómago, no. Fue un beso agridulce.
Parecía que ahogaba sus penas en ese beso, pero notaba alegría. Fue un beso de los que despiertan todas y cada una de las mariposas de tu estómago. Fue un beso refrescante, dulce, alegre, pasional.
-¿Qué haces?-le pregunté cuando se apartó.
-Hacer algo que quería hacer desde hace un rato.
Y nada más decir eso, volvió a besarme. Esta vez le aparté yo, a pesar de que no besaba nada mal.
-Oye… Está lloviendo mucho y como salgas te vas a ensuciar y te puedes resfriar, así que, si quieres, te puedes quedar aquí sin problema.
-¿No te importa?
-No, pero es mejor que le pongamos sábanas a tu cama antes de que haga más frío.
Subimos a buscar unas sábanas para la cama de aquel chico, y se las pusimos sin ningún problema, pero después de aquellos dos besos, cada vez que se acercaba me sentía incómoda. Intenté actuar con naturalidad, y romper ese silencio incómodo así que le pregunté si querría también un pijama, o al menos algo que hiciese la función de pijama, pero dijo que no, que él prefería dormir en bóxers.
Al fin hicimos la cama sin ningún “percance amoroso”, bajamos a cenar y nos sentamos en el sofá un rato antes de irnos a dormir.
-Oye, ese chico se parece mucho a ti.-dije al ver un anuncio de una película en la tele.
-Sí, bueno…-se le cambió la cara radicalmente.
-Es cierto, él parece más guapo.-intenté cambiar de tema para ver si se le cambiaba esa cara de susto.
Sonrió de forma educada, pero tenía claro que algo estaba pasando con ese anuncio, sino ¿por qué iba a ponerse nervioso?
Después de un rato entre bromas, risas, juegos y abrazos decidimos que ya era hora de dormir, que nos merecíamos un descanso, así que subimos a los dormitorios y cada uno se fue a su habitación.
-Buenas noches.
-Buenas noches, preciosa.
En cuanto entré a la habitación cerré las ventanas para que la luz de la mañana no entrase de golpe, y pude ver que aún seguía lloviendo a cántaros. “Bueno, al menos hoy no se pondrá empapado, como suele hacer”.
Cogí los cascos y el móvil, me tumbé en la cama y me puse algo de música mientras buscaba algo de conversación por WhatsApp. Llevaba bastante tiempo sin hablar con la gente de la capital, y quieras que no, les echaba de menos.
Empezó a sonar Shy de Sonata Arctica.
Qué canción tan agridulce. Era preciosa, y me traía recuerdos que hacían que un escalofrío me recorriese toda la columna. Era ese tipo de canción que te puede hacer llorar con una sonrisa en la cara.
Comencé a hablar con una amiga, y le conté todo lo que estaba pasando.
-Pues verás, todo empezó el otro día que me encontré a un chico en mi campo y me dio un susto de muerte.
-¿Un chico allí? ¿En ese lugar alejado de la civilización?
-Sí, ¿a que es extraño?
-¿Extraño? Yo más bien diría lo siguiente a extraño. Pero cuéntame, ¿cómo es?
-Pues es guapísimo tanto por dentro como por fuera. Es atento, simpático, cariñoso. Al menos de momento.
-¿Y por fuera, como tú dices, cómo es? ¿Está bueno?
-Hala chica, como eres. Pero es alto, con el pelo oscuro y los ojos claros. El estar bueno se le queda corto.
-¿Lo has visto sin camiseta? :o
-Sí, y te puedo asegurar que no está nada mal.
-Joder, menuda suerte tienes chica.
-Pues está durmiendo en una habitación de aquí.
-¿De verdad? ¿Pero por qué no estás durmiendo en su cuarto? ¿Es que no te he enseñado nada durante estos años? ¡Aprovecha!
-Sabes de sobra que me muero de vergüenza.
-Oye, me habías dicho que el chico ese era alto, pelo oscuro, ojos claros y que estaba buenísimo, ¿verdad?
-Exacto, ¿por qué?
-¿Sabes su nombre?
-No, ¿por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué se le ha ocurrido a esa cabecita loca tuya?
-Pues me parece que ya sé quién es ese chico misterioso que está durmiendo en la misma casa que tú.
-¿Quién?