miércoles, 26 de marzo de 2014

¿Verdad o mentira?

Capítulo 5.
Fui al salón, seguía lloviendo a cántaros así que me puse cerca de la chimenea para calmar al frío. Al poco rato salió el chico de la ducha y traía el pelo empapado.
-Ponte aquí, anda.-le dije dejándole sitio cerca la chimenea- Voy a traerte una toalla para el pelo.
Me di la vuelta y fui hacia el baño para buscar una toalla, cuando la encontré, volví al salón y se la puse sobre la cabeza. Le sentaba tan bien el pelo alborotado.
-Oye, ¿qué te parecía tan curioso?
-Oh, nada importante.
-Dijiste que me lo dirías.
-Pensé que se te olvidaría.
-Pues no se me ha olvidado, así que dímelo, quiero saberlo.
-Está bien. ¿Te gustaba mi espalda, no?
-Sí.
-Vale, pues a mí me gusta tu espalda. De hecho me gustaría acariciarla durante toda una noche.
De pronto noté que me subían los colores.
-Pe… Pero… Si tú… No me has visto la espalda.
-Si, bueno… Quizás me asomé por la ventana del baño cuando salí a por la leña y vi algo más que una bonita espalda que quiero acariciar.
-Mentira…
-Bueno, créete lo que quieras, pero yo sé lo que vi.-dijo poniendo esa sonrisa torcida suya que tanto me encantaba.
-Esto…- Me puse colorada y miré hacia el suelo, más concretamente hacia mis pies. Me sentía incapaz de levantar la cabeza y mirarle después de saber que me había visto en la ducha. Será cretino, ¿cómo se ha atrevido a mirar por la venta? ¿A si quiera pensarlo?
En ese momento me cogió de la cintura y me acercó a él. Notaba que me miraba, pero yo seguía sin poder levantar la mirada. Me estaba poniendo nerviosa por momentos. Parecía que el tiempo se había parado para hacerme pasar un mal rato.
De pronto noté su respiración, sus latidos. Me estaba abrazando, y me sentía protegida entre sus brazos, no sentía vergüenza, a pesar de saber que me había visto por la ventana del baño, así que levanté la cabeza y le miré.
Me quedé mirándole a los ojos. Esos ojos claros que parecían saber hasta mis secretos más oscuros, pero que querían saber más. De pronto me besó.
Pero no fue el típico beso que te meten la lengua hasta el estómago, no. Fue un beso agridulce.
Parecía que ahogaba sus penas en ese beso, pero notaba alegría. Fue un beso de los que despiertan todas y cada una de las mariposas de tu estómago. Fue un beso refrescante, dulce, alegre, pasional.
-¿Qué haces?-le pregunté cuando se apartó.
-Hacer algo que quería hacer desde hace un rato.
Y nada más decir eso, volvió a besarme. Esta vez le aparté yo, a pesar de que no besaba nada mal.
-Oye… Está lloviendo mucho y como salgas te vas a ensuciar y te puedes resfriar, así que, si quieres, te puedes quedar aquí sin problema.
-¿No te importa?
-No, pero es mejor que le pongamos sábanas a tu cama antes de que haga más frío.
Subimos a buscar unas sábanas para la cama de aquel chico, y se las pusimos sin ningún problema, pero después de aquellos dos besos, cada vez que se acercaba me sentía incómoda. Intenté actuar con naturalidad, y romper ese silencio incómodo así que le pregunté si querría también un pijama, o al menos algo que hiciese la función de pijama, pero dijo que no, que él prefería dormir en bóxers.
Al fin hicimos la cama sin ningún “percance amoroso”, bajamos a cenar y nos sentamos en el sofá un rato antes de irnos a dormir.
-Oye, ese chico se parece mucho a ti.-dije al ver un anuncio de una película en la tele.
-Sí, bueno…-se le cambió la cara radicalmente.
-Es cierto, él parece más guapo.-intenté cambiar de tema para ver si se le cambiaba esa cara de susto.
Sonrió de forma educada, pero tenía claro que algo estaba pasando con ese anuncio, sino ¿por qué iba a ponerse nervioso?
Después de un rato entre bromas, risas, juegos y abrazos decidimos que ya era hora de dormir, que nos merecíamos un descanso, así que subimos a los dormitorios y cada uno se fue a su habitación.
-Buenas noches.
-Buenas noches, preciosa.
En cuanto entré a la habitación cerré las ventanas para que la luz de la mañana no entrase de golpe, y pude ver que aún seguía lloviendo a cántaros. “Bueno, al menos hoy no se pondrá empapado, como suele hacer”.
Cogí los cascos y el móvil, me tumbé en la cama y  me puse algo de música mientras buscaba algo de conversación por WhatsApp. Llevaba bastante tiempo sin hablar con la gente de la capital, y quieras que no, les echaba de menos.
Empezó a sonar Shy de Sonata Arctica. 

Qué canción tan agridulce. Era preciosa, y me traía recuerdos que hacían que un escalofrío me recorriese toda la columna. Era ese tipo de canción que te puede hacer llorar con una sonrisa en la cara.
Comencé a hablar con una amiga, y le conté todo lo que estaba pasando.
-Pues verás, todo empezó el otro día que me encontré a un chico en mi campo y me dio un susto de muerte.
-¿Un chico allí? ¿En ese lugar alejado de la civilización?
-Sí, ¿a que es extraño?
-¿Extraño? Yo más bien diría lo siguiente a extraño. Pero cuéntame, ¿cómo es?
-Pues es guapísimo tanto por dentro como por fuera. Es atento, simpático, cariñoso. Al menos de momento.
-¿Y por fuera, como tú dices, cómo es? ¿Está bueno?
-Hala chica, como eres. Pero es alto, con el pelo oscuro y los ojos claros. El estar bueno se le queda corto.
-¿Lo has visto sin camiseta? :o
-Sí, y te puedo asegurar que no está nada mal.
-Joder, menuda suerte tienes chica.
-Pues está durmiendo en una habitación de aquí.
-¿De verdad? ¿Pero por qué no estás durmiendo en su cuarto? ¿Es que no te he enseñado nada durante estos años? ¡Aprovecha!
-Sabes de sobra que me muero de vergüenza.
-Oye, me habías dicho que el chico ese era alto, pelo oscuro, ojos claros y que estaba buenísimo, ¿verdad?
-Exacto, ¿por qué?
-¿Sabes su nombre?
-No, ¿por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué se le ha ocurrido a esa cabecita loca tuya?
-Pues me parece que ya sé quién es ese chico misterioso que está durmiendo en la misma casa que tú.

-¿Quién?


Demasiada tensión sexual.

Capítulo 4.
“No seas cursi” me dije a mí misma.
-Esto… Por nada.
-¿Seguro?
-Seguro. Son tonterías mías.
-Vale, si no me lo quieres decir, está bien.
Sonreí aliviada ya que no insistió. Y menos mal, porque me daba mucha vergüenza de solo pensarlo. Él se tumbó en el suelo suspirando.
-¿Qué te pasa?
-Nada, son tonterías mías.- sonrió, pero con esa sonrisa torcida que me encantaba.
-Eres un idiota.-dije agachando la cabeza y mirando para otro lado.
-Te has puesto roja.-dijo entre risas mientras se incorporaba para mirarme.
Le empujé, no muy fuerte pero lo suficiente para que volviera a tumbarse, aunque lo que yo no me esperaba era que me cogiese del brazo y me echase encima de él.
Si antes me había puesto roja, ahora estaría como un tomate. Qué situación más incómoda. Tenía que buscar alguna excusa para quitarme de ahí, aunque no se estaba nada mal.
-Uh, qué tarde es. Deberíamos volver y comer algo.
-La verdad es que si, me muero de hambre.
-Pues entonces vamos, no quiero que te mueras y mucho menos  de hambre.
Nos levantamos, llamé a los perros y nos volvimos a casa.
-¡Toby, Max, Elah, Dana! ¡Vamos!
Quizás dije eso en un tono demasiado cursi porque el chico misterioso se rió mientras miraba hacia otro lado.
-Eh tú, ¿de qué te ríes?
-De ese tono tuyo.
-¿Qué le pasa a mi tono, eh?
-Nada, me ha sonado muy cariñoso.
-Claro, es que los quiero mucho.
-No lo dudo.-sonrió.
En ese momento comenzó a llover, así que salimos todos corriendo hasta llegar a la casa, aunque nos pusimos empapados y con los zapatos llenos de barro. Y los perros, bueno… Parecían figuras de barro. Era algo demasiado divertido vernos a todos así.
Los perros se fueron a sus perreras y el chico y yo entramos en la casa y nos quitamos los zapatos en la puerta.
-Ven aquí, vamos a buscar un par de toallas para secarnos un poco.
Comenzamos  a andar por la casa dejando charcos allí donde poníamos los pies. Estábamos realmente mojados. Llegamos al baño y nos  quitamos los zapatos, cogimos un par de toallas y nos secamos un poco el pelo.
“Qué sexy está despeinado”, pensé, “deja de mirarle, deja pensar eso”.
-Oye, voy a calentar un poco de agua para darme una ducha, ¿te caliento un poco para ti?
-¿Y si nos duchamos juntos?
-¿¡Qué!? ¿¡Perdona!? No, no, no.
-Relájate, que era broma, y por cierto, cuando te pones roja estás guapísima.
Mierda, otra vez me había sonrojado.
-Bueno, pero, ¿te caliento agua o no?
-Sí, claro, pero las damas primero.
-Vale, vale, pero primero de todo, vamos a buscar algo de ropa seca.
-Está bien, tú delante.
Subimos a buscar algo de ropa, y después de revolver todo conseguimos encontrar un par de pantalones y camisetas, y unas cuantas sudaderas, por supuesto ropa interior. En cuanto lo tuvimos todo, bajamos y calenté un poco de agua para mí, ya que yo me ducharía primero.
-Oye, voy a ducharme, no tardo, al menos por la cuenta que me trae.
-¿Por la cuenta que te trae?
-O me ducho rápido o me muero de frío.
-En ese caso encenderé la chimenea para que en cuanto salgas puedas calentarte.
-Vaya, qué amable. Gracias.
Fui a ducharme e intenté no tardar mucho  ya que cada vez se notaba más  frío. Cuando salí de la ducha cogí la toalla aunque del mismo frío que hacía, parecía que eso no secaba.
Salí del baño ya vestida, aunque muerta de frío, y fui al salón a buscar al chico. Llegué y estaba la chimenea encendida pero él no estaba.
En ese momento entró por la puerta. “¿Dónde había ido?”.
-¿Te vas a quedar ahí mirándome o me vas a ayudar?
Me acerqué para ver en qué quería que le ayudase, y me di cuenta de que había traído leña.
-No quiero que te mueras de frío.
-Vaya, qué atento y detallista. Pues muchas gracias, pero ahora el que te vas a morir de frío eres tú, a no ser que te metas en la chimenea de cabeza.
-Bueno, tú podrías calentarme.
-La chimenea calienta mejor, te lo aseguro. Te ayudo con eso, y voy a calentarte un poco de agua.
Metimos la leña dentro, le di otra toalla ya que se había puesto empapado otra vez y fui a calentarle un poco de agua.
Mientras se calentaba el agua comencé a pensar que pronto tendría que volver a la ciudad. Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no me di cuenta de que el agua ya estaba lo suficientemente caliente hasta que vi una figura pasar por mi lado. Me asusté, y me di la vuelta corriendo para ver qué era. El corazón me dio un vuelco, ¿otra vez estaban pasando cosas extrañas en esta casa? Por suerte vi que era el chico.
Comenzó a reírse porque me había asustado, y me di cuenta de que iba sin camiseta y con la toalla sobre la cabeza.
-¿De qué te ríes tanto?
-De que te asustas por nada.
-¿Por nada?
-Por nada.- se acercó a mí.
Creía que iba a abrazarme o algo, pero simplemente apagó el fuego.
-Creo que el agua ya está bastante caliente.-dijo.
-Mierda, se me olvidó.
-¿Se te olvidó, o querías cocerme?
-Idiota,-reí.-se me olvidó. Mézclala en la ducha con un poco de agua fría y ya está, problema solucionado.
-Está bien, está bien.-dijo mientras se llevaba el agua a la ducha.
Como iba sin camiseta pude ver su espalda a la perfección y, joder qué espalda tenía; daban ganas de arañarla.
-Bonita espalda.
Giró la cabeza para mirarme y puso esa sonrisa torcida suya y una mirada insinuante. Se dio la vuelta por completo y vino hacia a mí. Me cogió por la cintura y me acercó a él, le abracé por encima del cuello y me quedé mirándole mientras intentaba no morderme el labio. La tensión sexual no resuelta se notaba demasiado, y yo por mi parte quería resolverla.
-Con que te gusta mi espalda, ¿eh?
-Sí, bastante, la verdad.
-Qué curioso.
-¿El qué?
-Después te lo digo, que se me enfría el agua.-me besó la mejilla y se fue hacia el baño.

Maldito sea, me había dejado con ganas de besarle. Y de saber qué le resultaba tan curioso.


¿Qué está pasando aquí?

Capítulo 3
No sabía qué estaba haciendo, pero me gustaba que me cogiese de la mano, me ponía nerviosa pero a la vez me tranquilizaba. Era algo extraño, pero me gustaba.
Maldito chico, ¿qué estaba haciendo conmigo? Era la primera vez en mucho tiempo que alguien me cogía de la mano y me hacía sentir así. Esta vez no quité la mano, sino que entrelacé mis dedos con los suyos y sonreí de forma tímida. Él se rió y  también entrelazó los suyos y se acercó más a mí. En ese momento me puse roja como un tomate, menuda vergüenza estaba pasando pero era extraño porque estaba tranquila.
Pasamos la noche viendo la televisión y comentando cada tontería que salía. Parecíamos idiotas, riéndonos y cogidos de la mano debajo de una manta. Se nos hizo tarde así que, él decidió marcharse para dormir.
-Buenas noches, preciosa.
-¿Preciosa? Espera, ¿a quién le estás hablando?
-Aparte de preciosa, idiota.
-Lo tengo todo, ¿verdad?
-Sí, no te falta de nada por lo que veo. Oye, me voy a tener que ir ya, que sino, no me voy a ir nunca.
-Ojalá- dije en un murmullo.
-¿Has dicho algo?-dijo con su sonrisa de “te he escuchado pero quiero que lo repitas”.
-No, nada, que hasta mañana si quieres.
-¿Si quiero? Por supuesto que quiero.
En ese momento se acercó a mí de nuevo y me besó en la mejilla, pero no fue un beso cualquiera, fue un beso de esos que piden ser dados en los labios, y por un momento quise besarle, pero no lo hice. Entonces se dio la vuelta y me quedé en la puerta viendo como se alejaba.
Cuando ya no se veía nada, me di la vuelta, cerré la puerta y suspiré sin saber por qué. ¿Qué me estaba pasando? Si a mí no me gustaba ser romántica, ¿por qué sentía la necesidad de ser cariñosa, romántica y demás cosas ñoñas con él?
Decidí dejar de pensar en eso, o acabaría incluso con dolor de cabeza, cosa normal en mí, así que me fui a por mi pijama y subí al dormitorio a dormir unas cuantas horas, que falta me hacía.

A la mañana siguiente, me desperté demasiado temprano pero con energía, y pensé:
“¿Hola? ¿Qué hacía despierta a las diez un día que no tenía motivos para madrugar? Y lo más extraño, ¿por qué tenía tantísima energía si la mayoría de las veces me costaba hasta destaparme? “
Me levanté de la cama y al mirar por la ventana vi que hacía un día tan soleado que hasta la luz me molestaba en los ojos, así que decidí hacer algo productivo y no desaprovechar mucho esas horas de sol y calorcito.
Bajé, desayuné y me cambié de ropa. Me puse algo cómodo, unos leggins negros, unos tenis y una camiseta ancha y larga con una chaqueta finita, y con eso salí fuera a buscar a los perros para ir a andar un rato. Cuando llevábamos un rato, escuché un ruido y los perros se pusieron a ladrar. Parecía que alguien venía detrás de nosotros así que eché a correr sin ni siquiera mirar atrás. Corrí hasta tal punto de no poder más, y apoyé las manos en las rodillas mientras miraba para ver si encontraba qué o quién nos estaba persiguiendo. De pronto vi una sombra pero los perros estaban calmados, no ladraban, de hecho, estaban jugando al otro lado de la cañada.
Me recuperé rápido de esa carrera, así que me di la vuelta para llamar a los perros, pero ya no estaban allí, ¿dónde se habían metido?
Empecé a llamarlos:
-¡Toby, Dana, Elah, Max!
Ni un solo ladrido. De pronto volví a escuchar un ruido, me di la vuelta y miré a todos lados, pero no vi nada, así que volví a llamar a los perros pero seguían sin contestar. Seguí andando para ver si los encontraba pero ni siquiera los escuchaba.
“¿Qué  será ese ruido? “, pensé. Volví a escucharlo, pero esta vez muy cerca de mí, parecían pasos de alguien pisando hojas secas. Me di media vuelta y me asusté al ver al chico misterioso, tanto que me tropecé con una piedra y me resbalé, por suerte me cogió del brazo y evitó que me cayera por un precipicio.
-¡Joder!-dije-¿Podrías dejar de asustarme?
Me abrazó sin decir nada, y eché la cabeza sobre su pecho. Yo tenía el corazón a mil por hora, parecía que se iba a salir por la boca.
-Perdóname, por favor, no quería asustarte, al menos no de esta forma.
-¿No de esta forma? He estado a punto de caerme por este precipicio. Me he muerto del miedo.
Y era cierto, aún me temblaban las piernas del susto.
-Perdóname.-me abrazó con más fuerza-¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
-Esto… Sí, estoy bien, y no, no me he hecho daño. Gracias por cogerme.
-De nada, preciosa.
En ese momento seguía abrazándome, levanté la cabeza, le miré y le besé en la mejilla.
-Eres un idiota, que lo sepas.-volví a bajar la cabeza y le abracé yo también.
-Soy un idiota que te aprecia bastante. ¿Puedo ser solo tu idiota?
-Puedes ser solo mi idiota.
En ese momento me cogió de la barbilla con dos dedos y me levantó la cabeza para que le mirase.
-Entonces seré solo tu idiota.-me dijo mientras se acercaba más a mí.
Parecía que quería besarme, pero giré la cara y acabó besándome en la mejilla. No quería que me besara, pero si quería. Era algo extraño, tenía sentimientos encontrados. Hacía tanto que no me sentía así, y la última vez que lo hice la acabe fastidiando.
-Oye, se me han perdido los perros, ¿me ayudas a buscarlos?-tenía que decir algo para terminar esa situación.
-Claro, vamos, ¿por dónde se han ido?
-Por allí.-señalé.
Nos pasamos un buen rato buscándolos hasta que por fin los encontramos jugando en un prado verde, y nos sentamos allí en medio a mirarlos. Se estaba tan bien allí,  tan tranquila. Y bueno, no me podía quejar de la compañía que tenía.
-¿Te puedo preguntar algo?-dijo de repente.
-Dispara.
-¿Qué te parezco?
-¿Que, qué me pareces?
-Sí, ¿qué te parezco?
-Pues, esto… Me pareces alto, guapo, simpático, idiota…
-Idiota, ¿eh?-sonrió- Me gusta.
Joder, cada vez me encantaba más esa sonrisa suya, esa sonrisa torcida que daban ganas de ponerla en su sitio de un mordisco.
-Oye, ¿por qué te muerdes el labio?

Mierda, me había quedado mirándole los labios, su sonrisa y me estaba mordiendo el labio sin darme cuenta. ¿Qué me estaba pasando?


Cómo cambian las cosas.

Capítulo 2
Rápidamente abrí la puerta y le di una de las toallas.
-Pasa al baño y cámbiate, anda, que te voy a calentar un poco de agua para que se te quite el frío.
Él me miró sorprendido, casi no le conocía y le había invitado a ducharse y le había dejado ropa seca.
-Voy, muchas gracias.
-¡Venga, corre, que te enfrías y eso no es bueno!- le dije sonriendo.
Obediente fue corriendo hacia el baño con una toalla por encima para intentar secar la ropa que llevaba. Yo fui hacia la cocina y le calenté un poco de agua caliente, aunque fuese para quitarse un poco el frío. Cuando pegué en la puerta del baño me dijo que pasase, pero cuando asomé la cabeza por la puerta él ya estaba de pie metido en la bañera. Grité de sorpresa y cerré los ojos corriendo. Él se rió a carcajada limpia mientras abría la cortina. Cerré los ojos con más fuerza y me di la vuelta con la olla de agua caliente entre mis manos.
-¡Oye, que todavía tengo la toalla en la cintura!- dijo entre risas.
-¿¡Y yo qué sé!? Si ya estabas en la ducha.
En cuanto dijo que tenía la toalla, me di la vuelta y le di el agua caliente. Le dije que tenía que volver a entrar para llevarle la ropa y que no se quitase la toalla aún. De camino al salón para coger la ropa caliente me di cuenta del buen cuerpo que tenía ese chico. Y estaba en mi baño, solo con una toalla.
Llegué al salón, cogí la ropa, pegué en la puerta de nuevo para avisarle y se la dejé sobre la lavadora. Le dije que ya podía ducharse tranquilo, pero que se diese prisa para que el agua no se enfriase o sabría lo que es pasarlo realmente mal en ese baño.
Pasaron diez minutos exactos y salió del baño con el pelo empapado.
-¡Al final te resfrías!
-Vale, ahora vuelvo, voy a por una toalla para no resfriarme.
-Eso está mejor- sonreí.
Volvió con el pelo alborotado, aunque seguía frotándose la cabeza con la toalla. Estaba demasiado gracioso.
-¿Por qué sonríes así?-me dijo.
-Es que estás demasiado gracioso secándote el pelo.
-¿Si? ¿Quieres estar graciosa tú también?
-Ah, no, no, no, aléjate de mí. Ni se te ocurra.
-Llegas tarde, ya se me ha ocurrido.
En ese momento se abalanzó sobre mí con la toalla, pero conseguí quitarme de en medio. Me miró desafiante, y yo me reí. Volvió a intentarlo, pero esta vez me engañó; pensé que iría hacia la derecha pero fue hacia la izquierda y me cogió y me puso la toalla húmeda encima de la cabeza, y aunque empezó a alborotarme el pelo paró en seguida. Me dejó la toalla encima de la cabeza, tapándome la cara y se quedó con los brazos encima de mis hombros.
-¿A que estoy mona?
-Estás preciosa así, sí.-dijo entre risas.
-Idiota.-le dije mientras me quitaba la toalla.
-Aunque así estás mejor.
-Gracias…-Me sonrojé y agaché la cabeza.
En ese momento bajó una de sus manos a mi cintura y con la otra me sujetó la barbilla para levantarme la cabeza. Nos quedamos mirándonos por un momento, pero enseguida aparté la vista e intenté que me soltara, ya que me estaba muriendo de vergüenza.
-Esto… ¿Tienes hambre? ¿Quieres cenar algo?
-Sí, claro.
-¿Te gusta la pizza, o prefieres otra cosa?
-Lo que tarde menos.
-Vale, pues ¿una pizza para los dos? ¿Te parece bien?
-Me parece genial.
Metí la pizza en el horno, tardó muy poco en hacerse y nos fuimos al salón a cenar mientras buscábamos algo interesante en la televisión.
Hacía muchísimo frío así que le dije al chico que me acompañase arriba a por un par de mantas, porque parecía que con la chimenea no era suficiente.
-Oye, ven conmigo arriba, vamos a coger un par de mantas.
-¿Tienes frío?
-Estoy congelada, mira.- Le di mi mano para que viese que estaba helada.
-Vaya, ¿cómo puedes estar tan fría?
Él estaba ardiendo, pues si que desprendía calor.
-No sé, me paso la mayor parte del día así. Pero vente, vamos a por las mantas.
Una vez arriba busqué las mantas más calentitas y nos las bajamos al salón. Allí cogí una y me lié en ella. El chico se rió; decía que nunca había visto a alguien liarse una manta con tantas ganas.
Al rato me di cuenta de que él no se había tapado, ¿acaso no tenía frío? Cogí y me deslié de la manta, me acerqué a él y le tapé, aunque cuando me acerqué noté que estaba caliente, que no estaba helado.
Él se sorprendió al ver que me acerqué con tanto ímpetu para taparle, aunque se sonrojó. Me hizo gracia y le cogí la mano sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, así que cuando me di cuenta la aparté rápidamente y le pedí perdón.
-Perdón, lo siento, no me di cuenta.
-¿Perdón por qué  idiota?
-Por haberte cogido la mano.

Justo cuando terminé de decirle aquello, se acercó más a mí y me cogió la mano por debajo de la manta.


Llegó la oscuridad.

Capítulo 1
Cuando lo perdí de vista entré en la casa y fui directa hacia la chimenea, la cual se estaba apagando, e intenté calentarme.
No sabía qué pensar de aquel misterioso chico sin nombre. Su historia era una historia normal, pero no paraba de darle vueltas. Me contó que era un chico corriente de ciudad, de los que te encuentras en las paradas de autobús o en las salidas del instituto, pero yo sabía que no era así. Había algo en él diferente, no lograba saber si bueno o malo, pero diferente.
Decía que tenía 20 años, que nació Madrid, pero que se mudó con su familia a Málaga por temas de trabajo, que encontró amigos muy fácilmente y que las chicas le prestaban mucha atención, pero que él no les hacía demasiado caso. 
Yo veía de lo más normal que las chicas se fijasen en él, pues el chico no tenía mala pinta, de hecho era todo lo contrario, y si era así de encantador con todas, sería el típico que las tiene babeando por donde pisa. 
También me contó que era muy tímido, cosa que no parecía ya que me abrazó nada más conocerme. Pero al preguntarle por qué estaba en el campo y si estaba también solo, no quiso contestarme pero sus mejillas enrojecieron, así que dejé ese tema a un lado pues no quería incomodarle.
Cuando quise darme cuenta de la hora que era habían pasado diez minutos de las seis. La seis de la mañana y yo divagando sobre la historia que me había contado ese chico. Decidí parar de pensar en ese tema y subir al dormitorio a dormir, pues después de esa noche me lo merecía. Eso sí, antes de subir, cerré la puerta de delante.
En cuanto comencé a subir las escaleras me di cuenta de que allí arriba haría más frío, por suerte tenía las suficientes sábanas y mantas como para evitar el frío durante toda la mañana, pues la noche se había escapado entre las agujas del reloj. Se me antojó leer algo, pero en cuanto me metí en la cama y apagué la luz, caí rendida.


A la mañana siguiente, me despertaron los pájaros cantando, miré el reloj y eran las dos de la tarde.Mierda.. -pensé- no tengo ni pizca de ganas de ponerme a cocinar. Así que decidí hacerme una pizza y me fui a comer fuera ya que hacía un día espléndido y hacía más calor fuera que dentro de la casa. Cuando terminé, recogí el plato y el vaso y los lavé, por desgracia el agua caliente no funcionaba bien, así que pude sentir a la perfección como el agua fría me quitaba el poco calor que tenían mis manos.

Volví fuera y me fui a dar un paseo con los perros y con la cámara. Adoraba fotografiar cualquier cosa que mereciese la pena. A la media hora comenzó a nublarse, así que decidí volver a casa, pues las nubes no parecían traer buenas noticias y yo tenía ropa tendida. Nada más llegar a casa fui directa a recoger la ropa y a tenderla dentro de casa pues aún seguía empapada. Volví a la parte delantera de la casa e intenté encender la chimenea, la cual tras varios intentos y cerillas malgastadas, decidió encenderse, pero vi que no quedaban mucha leña, así que aproveché que aún no llovía para salir a buscar algo de ésta pues con los palos que quedaban no aguantaría toda la noche.
De repente recordé que el chico misterioso y yo nos prometimos volver a vernos, pero si al final llovía seguramente no vendría. O eso pensé.
Pasaron las horas y el cielo cada vez estaba más oscuro, tanto porque el Sol se ocultaba como por las nubes negras. Como no sabía qué hacer, me puse a leer hasta que me hartase. Y así me dieron las doce menos cuarto, y decidí para y hacer algo para cenar. Opté por algo ligero y rápido, arroz tres delicias.
El chico misterioso no llegaba y ya eran las dos de la madrugada y, para colmo, estaba comenzando a chispear. A pesar de todo tenía algo de esperanza en que volviera, me lo había prometido... Así que decidí esperarle un poco más.
A las tres, cansada de esperar, cogí las llaves y una manta y cerré la puerta para subir a los dormitorios e intentar no pensar en por qué no había venido, ya que decía que era "un hombre de palabra".
Estuve un buen rato dando vueltas en la cama, no paraba de pensar en si le había pasado algo. Al fin pude sacarme ese desagradable pensamiento de la cabeza y pude dormir tranquila, tanto que a la mañana siguiente me desperté a las doce. Adoraba dormir, era lo que mejor sabía hacer no cabía duda.
Al ver la hora me levanté, desayuné y salí fuera a ver cómo estaba todo; pero al llegar a la puerta vi algo extraño. Había un sobre bastante sucio en el suelo. Lo cogí, lo miré por todas partes, pero no tenía nada puesto, así que decidí abrirlo para ver si así averiguaba qué era eso y para quién. Cuando saqué de su interior una carta me sorprendí, pues parecía la letra de un chico, o de alguien con mucha prisa por escribir aquello. Asustada comencé a leer:


Siento no haber podido llegar antes esta noche, creí que estarías dormida para cuando viniese y que querrías una disculpa. Perdóname, por favor.
Espero que mañana sigas aquí.
                                                                                                       Fdo: ♥
¿Por qué firmaría con un corazón y no con su nombre? Ah, ya, "mi nombre no importa, y el tuyo tampoco".


Pasé el resto del día haciendo cosas por casa, porque estaba hecha un desastre. ¿Cómo podía desordenar yo sola tanto y tan rápido?
Al final de la tarde conseguí ordenar y limpiar la casa, más o menos. Decidí darme una buena ducha de agua caliente, bueno, al menos a intentarlo, pues allí el agua caliente iba y venía, pero conseguí reunir valor para meterme debajo del chorro de agua incluso si salía templada, porque fría no lo soportaría.

Al salir de la ducha intenté secarme el pelo con el secador y ya de paso intentar tener una temperatura corporal decente. Me puse la ropa más calentita que tenía, me negaba a pasar frío esta noche viniese o no el chico misterioso. Me senté en el sofá y me puse a ver una película de esas malas que ponen en la televisión por las noches. En un intermedio fui a la cocina a hacerme palomitas y vi por la ventana que estaba lloviendo. “Pobre chico misterioso, si viene se pondrá empapado”, pensé, así que mientras se hacían las palomitas fui a buscar un par de toallas, unos pantalones y una camiseta y un par de calcetines por si llegaba mojado y los puse cerca de la chimenea, la cual encendí para calentar un poco el salón aunque fuese.
Me quedé dormida viendo la película, pero alguien pegó a la puerta y me desperté de un susto. Encendí la luz de fuera y miré por la ventana, era el chico misterioso y, como pensaba, venía empapado.

Mis noches a medias.

Era una noche fría, la Luna no se veía, las nubes la ocultaban.
Me encontraba en una casa alejada del bullicio que suponía la ciudad, donde el agua caliente iba y venía, donde el viento soplaba por cada ventana y cada puerta, donde las bombillas luchaban por mantenerse encendidas, donde el fuego de la chimenea quemaba con entusiasmo cada palo, cada rama, cada hoja.
Decidí que aquel ambiente estaba demasiado silencioso aquella fría noche, así que puse algo de música en mi móvil y empezó a sonar Blacklisted Me.
La única luz que tenía encendida era la del salón y comencé a pensar en por qué me agobiaba tanto la ciudad, en por qué no podía adaptarme bien a la monotonía de los grandes edificios, de las prisas; entonces comencé a escribir en un folio que tenía un pequeño dibujo de una flor en la esquina superior izquierda. Decía así:

Querida yo del futuro, si lees esto significa que habrás sabido conservar esto a buen recaudo sin perderlo pequeña desastre. Espero que para cuando lo leas hayas podido recuperar tu sonrisa y hayas sabido esquivar a esas víboras que se ocultan en la ciudad tras máscaras perfectas hechas de mentiras. 
Espero que ahora sepas sobrevivir entre las prisas, los alti-bajos, las alegrías y las penas. Espero que hayas conseguido tus metas y que...

En ese momento se oyó un ruido fuera. Me asusté, pues mi única compañía eran dos gatos y cuatro perros, y aquello no sonaba ni a un animal ni a otro.
Con las manos temblorosas y una manta por encima para soportar el frío, busqué una linterna y cerré la puerta de atrás. Acto seguido volví a la parte delantera y cerré aquella puerta, que por lo que parecía no soportaría un golpe fuerte, también cerré las ventanas de tal forma que no se pudiera ver nada desde fuera.
Decidí no hacerle mucho caso a ese ruido de antes e intentar distraerme, así que seguí escribiendo:

... Seas alguien en la vida, ese alguien que soñaste desde pequeña. Porque recuerda, nunca hay que olvidar los sueños y de donde vienes, nunca hay que perder la ilusión ni al niño que todos llevamos dentro. Pero sobre todo recuerda que...

Volví a escuchar un ruido fuera, volví a asustarme, pero reuní el valor suficiente para salir a mirar qué pasaba. Así que volví a coger la linterna, esta vez con más fuerza, y en lugar de coger la manta, cogí una chaqueta ya que era más cómoda para salir fuera. Salí y cerré la puerta por si acaso, y la llave la guardé en el bolsillo de mis vaqueros.

Comencé a mirar por los patios más cercanos a la puerta, pero no vi nada. Estaba todo tan oscuro, tan silencioso. Fui hacia el otro lado de la puerta y justo cuando iba a doblar la esquina pude ver perfectamente el cielo. Ese cielo que en la ciudad no se ve, ese cielo que, aunque nublado, dejaba entrever alguna que otra estrella. Así que apagué la linterna y me quedé un buen rato admirando esa maravilla pues sabía que pronto volvería a la ciudad y ahí las estrellas se convierten en farolas que le quitan toda la belleza al cielo.
De pronto recordé por qué estaba fuera de la casa, había oído dos veces un ruido un poco extraño e iba buscando su causa. Vino un viento frío de repente y decidí que miraría rápido y volvería a la casa a calentarme pues me había quedado congelada.
Por fin doblé la esquina y no vi nada extraño, solo dos perros durmiendo, así que decidí seguir mirando por la tercera esquina y tampoco había nada extraño, y opté por darme la vuelta y volver a la casa. Pero entonces noté que algo o alguien me estaba mirando, me di la vuelta y así era. Había una figura mirándome desde lejos, o quizás no era tan lejos, pero yo quería pensar que sí ya que así me daría tiempo a salir corriendo, encerrarme en casa y llamar a alguien para que viniese por mí, pero no pude, estaba paralizada por el miedo.

De repente vi como esa figura se hacía más grande, no podía creérmelo, se estaba acercando y con paso veloz. Mis piernas no respondían, no podía salir corriendo, lo más que conseguía era andar hacia atrás con paso forzoso, quería alejarme, tenía miedo. Entonces esa figura me habló:

-Por favor, no corras.

¿¡Que no corra!? Ojalá pudiese correr, o moverme o articular alguna palabra como "aléjate", sin embargo la figura seguía acercándose, y entonces vi que era un chico. No podía creérmelo, ¿qué hacía un chico allí? Se suponía que estaba sola.
Después de superar mi miedo conseguí articular las palabras para formar una frase coherente:

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me has asustado? ¿Qué quieres?

Él al verme asustada se rió y me abrazó, al principio intenté quitármelo de encima, no sabía quien era y ya me estaba abrazando, ¿de qué iba? Pero después me di cuenta de que me estaba intentando tranquilizar y de que yo estaba helada y él, sin embargo, estaba caliente y me daba calor, ¿cómo era posible?

-No te asustes idiota. Soy el chico del campo de enfrente, simplemente venía a hacerte una visita. Te vi al medio día dar un paseo e iba a hablarte pero no me atreví...
-¿Y has decidido darme un susto de muerte o qué?
-No, te has asustado tú sola.
-Hombre, si escucho ruidos raros y cuando salgo a mirar qué es veo una figura a lo lejos... Yo veo normal que me asuste.
Se rió de mi cara pálida aún por el susto.
Salió corriendo hacia la puerta, donde estaba la luz de fuera encendida y me dijo que fuese allí con él. Le hice caso, pues quería que se fuese lo antes posible. Me estaba poniendo nerviosa.
Una vez en la puerta pude verle con claridad. Era un chico alto, con el pelo oscuro y los ojos claros, parecía estar fuerte pero sin llegar a ser el típico tío de gimnasio, parecía que se cuidaba a pesar de la ropa que llevaba.
Como si se tratara de su casa, cogió dos sillas de uno de los patios y las puso en la puerta. Me invitó a sentarme y él se sentó a mi lado.

-Ahora dime por qué estás aquí de verdad, desembucha.
-¿De verdad no te crees que haya venido a verte?
-No, no me lo creo en absoluto.
-¿Pero a que te haría ilusión que hubiese venido a verte?
-Pero si no te conozco de nada.
-Es cierto, pero a la gente le gusta recibir visitas.
-Claro, siempre y cuando sepan que pueden recibir una visita inesperada sin llevarse un susto de muerte.
-Qué idiota eres, si ha sido divertido.
-Divertido para ti... Eh, esto, ¿cómo te llamas?
-Mi nombre no importa, ni el tuyo. ¿Por qué estás aquí sola?

No quería darme su nombre, era obvio, pero que no quisiese saber el mío era algo que me intrigaba.

-Porque quería relajarme, y desaparecer un poco de la ciudad.
-Vaya, ¿te estresan mucho las prisas?
-Demasiado...

Se hizo un silencio espantoso, incómodo y extraño a partes iguales. Él miraba al cielo, el cual ya se había despejado un poco, y yo lo miraba a él. Ahora que estaba más tranquila, lo miraba con atención, y la verdad es que era bastante guapo y de momento también amable. De pronto, se giró y me sorprendió mirándole; rápidamente aparté la mirada y me sonrojé, él sonreía aunque también se sorprendió de que  lo estuviese mirando. Él rompió ese silencio con su risa y dijo:

-Oye, ¿por qué me miras tanto?

No le contesté, no sabía qué decirle. Seguí mirando hacia el suelo con la cara enrojecida, y él me cogió la cara por la barbilla y me la levantó para que le mirara. Me puse más roja aún y comencé a reírme. Esas dichosas situaciones siempre me han hecho gracia. Acabamos riéndonos los dos y contándonos nuestra historia, algunas partes con más detalles, otras con menos, pero eran las historias que nos definían.

Finalmente nos quedamos callados y aproveché para mirar el reloj. Eran las cuatro y media de la mañana. No podía ser, me había tirado toda la noche hablando con un completo desconocido, pero debía admitir que estaba muy a gusto. Me hacía sentir cómoda.
Miré hacia él y le vi mirándome, por lo que le dije con un tono gracioso:

-"Oye, ¿por qué me miras tanto?"

Nos reímos, pero de repente él paró:

-¿Sabes? Me caes bien, así que quiero que sepas que cuando tu sombra no esté para protegerte, ahí estaré yo para defenderte de lo que haga falta.
-O para darme un susto de muerte.
-También puede darse la ocasión, no lo descartes.

Después de un rato intentando despedirnos nos dieron las cinco menos cuarto. El tiempo seguía corriendo, pero a mi parecer, demasiado rápido. Cuando él ya se iba, salí corriendo y le abracé por detrás, él se dio la vuelta y me abrazó. Yo seguía estando helada, él seguía dándome calor. Nos prometimos que mañana volveríamos a vernos pero esta vez sin sustos de por medio, a pesar de que yo seguía sin saber su nombre, y él seguía sin saber el mío.