Y sin separarse de mí, contestó al móvil.
-¿Si, quién es?... Oh, joder, ¿y para eso
me llamas? Estaba atendiendo asuntos realmente importantes.
Me miró con esos ojos que te desnudan con
una facilidad que da miedo, y por un instante me sentí querida, importante. Me
sentí suya, y me sentí libre, sin problemas.
Acabó de hablar, colgó, y se quedó
mirándome, expectante, esperando mi reacción, no sé si ante sus palabras o ante
la situación en la que nos habíamos envuelto nosotros solos.
-Bueno…-su voz rompió aquel silencio tan
peculiar.- ¿Por dónde íbamos?
Ya no nos separaba ni un solo milímetro, podía notar su
respiración, su corazón latir, podía notarle a él. En ese instante me quería,
me deseaba. Era la primera vez que alguien me deseaba así, y aunque quería
precipitarme por aquel acantilado de placer y dejar que el deseo y la pasión me
consumieran, no podía.
Sabía que no estaba bien jugar con una
persona de esa forma. Quizás él se lo tomara como un juego, como normal, quizás
yo solo era otra chica más que cae ante sus encantos, pero quizás no, quizás le
gustase de verdad y yo no terminaba de tener claro si él me gustaba, si sentía
mariposas o polillas; así que intenté desviar la conversación hacia otro tema.
-Pues creo que íbamos directos a una
tienda de disfraces.
-¿Y los disfraces no pueden esperar?
Estoy seguro de que no se van a mover de la tienda. Incluso podemos ir mañana.
Oh, joder, ojalá pudiese decirle que sí,
que iríamos mañana, pero ya tenía planes con Álex.
-Me parece que no pueden esperar. Vas a
tener que verme con unos cuantos puestos, soy muy exigente a la hora de elegir.
-Es un buen cambio de planes, me parece
bien. Vámonos entonces, no quiero perderme ni un minuto de tu desfile de
disfraces.
-¿Desfile? Bueno, aunque no tengo nada de
modelo.
-Eres perfecta para mí, y no hay más que
hablar sobre ese tema.
-Eres un encanto.
-Soy todo un príncipe azul, lo sé.
-Y un poco egocéntrico, ¿no te lo han
dicho nunca?
-De vez en cuando, pero no de la forma
tan dulce como lo haces tú.
-Idiota.
Al fin me soltó del todo y se dirigió
hacia la puerta para abrirla y dejarme paso primero.
-Qué caballero eres, va a ser verdad eso
de que eres un príncipe, pero pasa tú primero.
-Sí, bueno, si te soy sincero, no era
para ser un caballero…
-¿Entonces?
Sonrió, y con eso me lo dijo todo sin
decir nada.
-¿En serio? ¿Para verme el culo?
-Totalmente en serio, pero pasaré yo
primero, solo esta vez.
Y entonces pude verle otra vez de
espalda. Era el chico con el que te apetecería pasar toda la noche, o una noche
tras otra…
-Señorita Hayes, ¿podría dejar de
morderse el labio mientras me mira?
-Podría, pero…
-Si ese “pero” me es una buena razón para
volver a entrar contigo en tu casa y
hacerte completamente mía, lo haré.
-Gritaré.
-Te aseguro que sí que gritarás, pero no
como tú crees…
Sus ojos se volvieron intensos y decidí
que sería el momento de parar y no provocarle más, o acabaríamos en cualquier
parte de la casa.
-Está bien, está bien, no volveré a
morderme el labio ni a mirarte así.
-Eso está mejor. De momento.
Terminamos de salir de casa y llegamos a
su coche, siempre tan limpio, siempre con ese aire a tranquilidad.
Entonces arrancó.
-Bueno, ¿estás lista para probarte todos
los vestidos que yo quiera?
-¿Que tú quieras?
-Por supuesto, quiero disfrutar viéndote.
De vez en cuando hay que alegrarse la vista.
Quise responderle, pero en cierto modo
quería entrar en su juego. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar.
Casi no hablamos por el camino, pero la
música hizo más ameno el viaje. Me descubrí más de una vez mirándole sin
disimular; parecía tan calmado, tan feliz, tan alegre; era tan guapo, tan
atractivo, tan pasional, parecía tan perfecto y tan fuera de mi alcance que aún
no podía creerme que había estado a punto de acostarme con él en mi propia
casa, como tampoco podía creerme que iba en su coche a buscar un disfraz que
elegiría él para una fiesta a la que me había invitado.
Él parecía tener todas sus ideas en orden
y todo muy claro, yo, sin embargo, era un auténtico cúmulo de sensaciones, de
pensamientos y de circunstancias que no iba a poder manejar durante mucho tiempo
más. Necesitaba aclarar demasiadas cosas, necesitaba poner un poco de orden en
mi vida aunque sólo fuese por ésta vez.
Había tantas preguntas a las que mi
respuesta era un simple “no lo sé”.
¿Me gustaba Leo? No lo sabía.
¿Quería ir a la fiesta? No lo sabía.
¿Quería salir con Álex a tomar algo? No
lo sabía.
¿Quería acostarme con Leo? Bueno, quizás
la respuesta a esta pregunta fuese sí, pero tampoco lo tenía muy claro después
de todo.
¿Quería contarle a Leo cómo me sentía
ahora mismo? No lo sabía.
¿Quería…?
-Señorita Hayes, ya hemos llegado a
nuestro destino.
Miré por la ventanilla y vi un gran
escaparate lleno de disfraces completamente preciosos.
-Jo-der.
-Alice, cuida tu lenguaje.- Intentó
parecer ofendido por mi vocabulario pero su cara reflejaba demasiada felicidad
al ver cómo miraba aquel espléndido escaparate.
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