¿Y ahora qué podía decirle? Ya tenía
planes para esta tarde y cuando llegase a casa no tendría ganas de volver a
salir, ni siquiera tenía ganas de buscar un disfraz para la fiesta del viernes.
Sólo quería encerrarme en mi habitación, a oscuras, para poder aclarar todo lo
que me rondaba la cabeza y desahogarme sin miedo a que cualquiera quisiera
abrazarme para consolarme. No quería que nadie me consolara, no cuando sabía
que no había solución, no esta vez.
No quería decirle un “no” rotundo, no
quería parecer borde con él; no se había portado mal conmigo a pesar de no
conocerme de absolutamente nada.
-Mejor otro día, tengo que intentar
ordenar todo el desorden emocional que tengo ahora mismo…
De pronto esa sonrisa esperanzada en un
“sí” desapareció de su cara, y por un instante me sentí mal.
-¿Mañana te viene bien?-le pregunté.-
Mañana seguro que me encuentro mejor.
-Sí, por supuesto.-volvió a sonreír.
Le devolví la sonrisa, me despedí
diciéndole adiós con la mano y me giré para ir a la habitación 513 para
terminar de despedirme y salir de allí. Pegué en la puerta y entré. Mi abuelo
estaba en la cama, se había dormido; y mi tía estaba en sentada en sofá leyendo
una de sus revistas de arte. Decidí no entrar más, decidí quedarme ahí, en la
puerta, y despedirme con un rápido gesto con la mano y una sonrisa que decía
“hasta mañana”.
Salí del hospital sin problemas y, por
suerte, encontré una parada de autobús un par de calles más abajo de éste.
Esperé unos quince minutos antes de que el bus que tenía que coger para llegar
a casa llegase a la parada donde yo estaba. Subí detrás de un chico que olía de
una forma peculiar, me recordaba a alguien. Tuve suerte y encontré un par de
asientos libres, así no tendría que compartir asiento con nadie, al menos hasta
la próxima parada.
Después de un rato en el autobús recordé
a quién me recordaba el olor de ese chico. A Leo. “Mierda, seguro que llego tarde. Había quedado a las cinco” Miré el
móvil y eran las cinco menos veinticinco, y aún me quedaba un rato para llegar.
Se me ocurrió llamarlo para avisarle de que llegase un poco más tarde o tendría
que esperar, pero no tenía su número ni ninguna forma de localizarle.
Tendría que esperar una vez más. “Si sigo haciéndole esperar cada vez que nos
vamos a ver, va a acabar por no querer verme más.” Al fin llegué a casa.
Eran las cinco en punto y ahí estaba Leo, esperándome, tan puntual como siempre.
-¿Estás lista?
-Esto… Necesito darme una ducha.
-¿Voy a tener que esperar otra vez?
-Prometo tardar poco, de verdad.
No parecía muy convencido de que tardaría
poco, así que le puse mi mejor cara para convencer y le besé en la mejilla.
-Está bien, me has convencido. Por suerte
he encontrado aparcamiento.
-Venga, vamos.
Le cogí de la mano y entramos al portal.
No tenía ganas de hablar de lo que me había pasado en el hospital por lo que
tendría que intentar disimular todo lo que pudiese.
-Pasa, ¿quieres tomar algo?
-No, gracias. Venga, dúchate, hay un
disfraz que nos está esperando.
-Voy.-le dije con una sonrisa.- Pero
antes de entrar en la ducha, ¿tengo que ponerme algo especial?
-Lo que quieras, con lo que te pongas
estarás especial.
Me guiñó un ojo, le sonreí y entré en el
baño para dejar que el agua se mezclase con el recorrido silencioso de mis
lágrimas cayendo por mi cara.
“Tengo que contárselo, tengo que desahogarme, él confía en mí.
No, será mejor que me quede callada, que no diga nada, no quiero
preocupar a nadie con mis cosas, además ya debería estar acostumbrada a todo el
dolor y a sentirme mal…
Yo puedo sola con esto. Le demostraré al mundo de lo que soy capaz…”
-¿Estás bien?
Mierda, ¿me habría oído llorar?
Imposible. Me aclaré la voz para poder contestarle en un tono adecuado.
-Esto, sí, ¿por qué?
-Porque llevas más de veinte minutos ahí
dentro, y pensé que te habías olvidado de mí.
-Ups, ahora que lo dices… Salgo en
seguida.
Salí de la ducha, me sequé e intenté arreglarme
los pelos. Me vestí, me pinté un poco los ojos y me puse cacao en los labios.
No sabía a dónde iba a llevarme, a qué tienda de disfraces me iba a hacer
entrar para probármelos, y no quería ir demasiado informal, aparte, era Leo
Laureth, el famoso Leo Laureth, el encantador Leo Laureth, se merecía que me
arreglase aunque solo fuese un poco.
Al fin salí del baño completamente
arreglada.
-¿Qué te parece?-le dije sonriendo
tímidamente.
-Vaya. Estás…Preciosa.
Inmediatamente se levantó del sofá y me
abrazó por la cintura. Le miré a los ojos y en ese silencio en el que solo
existíamos los dos, le besé. Fue un beso casto, sencillo, quería que quisiera
que me importaba. En ese momento él me devolvió el beso, pero fue un beso lleno
de pasión, de necesidad, tanto que le acabé necesitando yo también.
Cada vez me agarraba más fuerte de la
cintura, cada vez había menos espacio entre nosotros, cada vez le quería más
cerca, cada vez le necesitaba más. De pronto comenzó a besarme el cuello,
lentamente, con la intensidad perfecta para volver loca a cualquiera, entonces
le agarré la cara, quería mirarle a los ojos, quería verle, y sus ojos me
dijeron todo lo que él no decía, quería más de mí. Volví a besarle en los
labios, y le mordí el labio inferior procurando no hacerle daño provocando en
él efecto deseado.
-Leo-intenté que parase ya que estaba
notando que algo vibraba en su bolsillo.-Leo, te están llamando.
-Después devolveré la llamada.
Leo no paraba de besarme, así que decidí
sujetarle la cara y mirándole a los ojos le insistí para que contestase.
-No puedo resistirme a esa mirada de “por
favor, haz lo que te digo”.
-Lo tendré en cuenta, ahora contesta,
quizás es importante.
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