domingo, 1 de junio de 2014

Soy como el cristal.

Subí a la quinta planta y comencé a buscar la habitación 513. La encontré. Respiré hondo antes de entrar, giré la manivela y abrí la puerta con cuidado para no hacer mucho ruido. Pude ver que mi abuelo no estaba solo. Mi tía estaba sentada en el sofá de la habitación, cuando me vio entrar me sonrió y se levantó para saludarme.
-¿Cómo estás?-me preguntó.
-Como siempre.-dije poniendo la sonrisa más agradable que pude.
-Bueno, ahora que estás tú aquí, voy a bajar a comer algo, que llevo desde ayer aquí dentro.
-Claro, no te preocupes, yo me quedo aquí para que no esté solo.
Cogió su bolso,  abrió la puerta y desapareció. Y allí me quedé yo en el más absoluto silencio, en mitad de una habitación mirando a mi abuelo dormir.
Cogí una silla y la acerqué a su cama. Me senté y le cogí la mano.
De pronto noté como mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Sabía de sobra que esto era solo el comienzo de una “mala racha” y que el final no iba a ser feliz.
Pegaron a la puerta y me sequé las lágrimas con la mano para intentar disimular.
-Adelante.
Entró un enfermero, de mi estatura, moreno con los ojos grises.
-Vengo a cambiarle el suero, tardaré poco.
-Por supuesto.
Me aparté dejándole todo el espacio disponible alrededor de la cama.
-Sé que no soy nadie para meterme en la vida de los demás pero, ¿es tu abuelo?
-Sí.
-Y estabas llorando, ¿verdad? Tus ojos te delatan por mucho que te hayas secado las lágrimas.
-Vaya, qué observador.-dije en un tono un poco molesto.
-No te conozco, ni conozco a tu abuelo, pero estoy seguro de que no le gusta que llores.
-¿Podrías hacerme un favor?
-¿A parte de callarme? A ver, dime.
-¿Podrías, por favor, darme tu opinión sobre el estado de mi abuelo?
-Depende.
-¿De qué?
-Eres guapa así que, depende de si sonríes ahora para mí.
Tras oír ese comentario no pude evitar reírme.
-¿Ves? Una sonrisa preciosa, no me equivocaba. Dame el nombre de tu abuelo, voy a ver si encuentro algo y vuelvo para darte mi opinión.
Terminó de colocarle el suero, le di el nombre de mi abuelo y desapareció tras la puerta. Y allí volvía a estar yo, sola en la habitación frente a mi abuelo esperando buenas noticias sin esperanza.
De pronto abrió los ojos y me miró.
-¿Qué haces aquí Alice?
-¿Tú qué crees? Pues venir a verte. Quería saber cómo estabas.
-Estoy hecho un roble, ¿acaso no lo sabes ya?
-Claro que lo sé, abuelito, claro que lo sé.
¿Realmente se sentía tan bien como decía? Parecía tan débil entre esas cuatro paredes.
-¿Quieres algo de beber? ¿Un poco de agua, una manzanilla?
-No, gracias, solo quiero salir de aquí y volver a casa.
-Todos queremos que vuelvas a casa, pero hasta que el médico no lo vea conveniente no puedes irte, ya lo sabes.
-Ya sabes lo poco que me gustan los médicos.
-Sé que si pudieras librarte de ir al médico de alguna forma, por muy descabellada que fuese, lo harías.
-Sin ninguna duda.
Consiguió incorporarse con dificultad ya que le molestaba la vía del suero. De pronto un escalofrío me recorrió la espalda pero intenté que no se notara. Él decía que se sentía bien, ¿por qué yo no me lo creía del todo? ¿Por qué el mal presentimiento se paseaba a su gusto por mis nervios y columna? ¿Por qué notaba las malas noticias llamándome a mi espalda?
Con la habitación totalmente en silencio podía escuchar a la perfección su respiración. Era atropellada, dificultosa, tanto que comenzó a toser; sin ser muy patosa le ayudé a terminar de ponerse derecho para intentar calmar la tos. Lo conseguí, paró de toser, pero me miraba muy serio.
-Estás helada, ¿no has traído ninguna chaqueta? Te vas a quedar como un pajarito.
-No, pero estoy bien, de verdad. Últimamente siempre tengo las manos frías.
-¿Seguro? ¿Y los pies los tienes fríos? Ya sabes lo que siempre digo.
-Que los resfriados se cogen por los pies y por la cabeza.-le dije con una gran y sincera sonrisa.
-Esa es mi nieta, la que no se olvida de lo que le enseño.-contestó risueño.
-¿Cómo me voy a olvidar? Seguro que me he librado de algún que otro resfriado por eso.- dije entre risas.-Toma, bebe un poco de agua, que seguro que tienes la garganta reseca.
Le acerqué el vaso, me miró para rechistarme pero bebió sin decir nada. Era la primera vez que le veía sonreír así en un hospital, sin un ápice de tristeza.
-Te voy a decir algo.
-Cuéntame.- le dije con ímpetu, ya que siempre estaba dispuesta a escucharle a él.
-El día que una enfermedad me lleve por delante, por favor, no lloréis.
-¡No digas eso! ¡No vamos a llorar porque nada te va a llevar por delante!
-Ya soy viejo Alice. Mírame, me tienen aquí porque me cuesta respirar, ¿qué va a ser lo próximo?
-Lo próximo va a ser que vas a salir de aquí como nuevo, y vas a estar en casa cuidando tus plantas y en el campo cuidando tu huerto.
-Ojalá tengas razón.
-¡Por supuesto que la tengo!-sabía muy bien que eso no era del todo cierto, mis malos presentimientos eran por alguna razón, pero en fondo necesitaba aferrarme a la esperanza de que todo saldría bien.
Él me miraba con una sonrisa conformista, aceptaría lo que viniese a pesar de que quería salir de allí y volver a su vida normal por todos los medios. Pude notar cómo me rompía en mil pedazos como un cristal que cae al suelo y se hace añicos. ¿Por qué me contaba esto? ¿Por qué a mí?

Pegaron a la puerta,  intenté mantenerme serena, y entraron con la comida. ¿Ya era la hora de comer? ¿Cuánto rato llevaba allí? ¿Dónde se había metido el enfermero?