Subí a la quinta planta y comencé a
buscar la habitación 513. La encontré. Respiré hondo antes de entrar, giré la
manivela y abrí la puerta con cuidado para no hacer mucho ruido. Pude ver que
mi abuelo no estaba solo. Mi tía estaba sentada en el sofá de la habitación,
cuando me vio entrar me sonrió y se levantó para saludarme.
-¿Cómo estás?-me preguntó.
-Como siempre.-dije poniendo la sonrisa
más agradable que pude.
-Bueno, ahora que estás tú aquí, voy a
bajar a comer algo, que llevo desde ayer aquí dentro.
-Claro, no te preocupes, yo me quedo aquí
para que no esté solo.
Cogió su bolso, abrió la puerta y desapareció. Y allí me
quedé yo en el más absoluto silencio, en mitad de una habitación mirando a mi
abuelo dormir.
Cogí una silla y la acerqué a su cama. Me
senté y le cogí la mano.
De pronto noté como mis ojos comenzaban a
llenarse de lágrimas. Sabía de sobra que esto era solo el comienzo de una “mala
racha” y que el final no iba a ser feliz.
Pegaron a la puerta y me sequé las
lágrimas con la mano para intentar disimular.
-Adelante.
Entró un enfermero, de mi estatura,
moreno con los ojos grises.
-Vengo a cambiarle el suero, tardaré
poco.
-Por supuesto.
Me aparté dejándole todo el espacio
disponible alrededor de la cama.
-Sé que no soy nadie para meterme en la
vida de los demás pero, ¿es tu abuelo?
-Sí.
-Y estabas llorando, ¿verdad? Tus ojos te
delatan por mucho que te hayas secado las lágrimas.
-Vaya, qué observador.-dije en un tono un
poco molesto.
-No te conozco, ni conozco a tu abuelo,
pero estoy seguro de que no le gusta que llores.
-¿Podrías hacerme un favor?
-¿A parte de callarme? A ver, dime.
-¿Podrías, por favor, darme tu opinión
sobre el estado de mi abuelo?
-Depende.
-¿De qué?
-Eres guapa así que, depende de si
sonríes ahora para mí.
Tras oír ese comentario no pude evitar
reírme.
-¿Ves? Una sonrisa preciosa, no me
equivocaba. Dame el nombre de tu abuelo, voy a ver si encuentro algo y vuelvo
para darte mi opinión.
Terminó de colocarle el suero, le di el
nombre de mi abuelo y desapareció tras la puerta. Y allí volvía a estar yo,
sola en la habitación frente a mi abuelo esperando buenas noticias sin
esperanza.
De pronto abrió los ojos y me miró.
-¿Qué haces aquí Alice?
-¿Tú qué crees? Pues venir a verte.
Quería saber cómo estabas.
-Estoy hecho un roble, ¿acaso no lo sabes
ya?
-Claro que lo sé, abuelito, claro que lo
sé.
¿Realmente se sentía tan bien como decía?
Parecía tan débil entre esas cuatro paredes.
-¿Quieres algo de beber? ¿Un poco de
agua, una manzanilla?
-No, gracias, solo quiero salir de aquí y
volver a casa.
-Todos queremos que vuelvas a casa, pero
hasta que el médico no lo vea conveniente no puedes irte, ya lo sabes.
-Ya sabes lo poco que me gustan los
médicos.
-Sé que si pudieras librarte de ir al
médico de alguna forma, por muy descabellada que fuese, lo harías.
-Sin ninguna duda.
Consiguió incorporarse con dificultad ya
que le molestaba la vía del suero. De pronto un escalofrío me recorrió la
espalda pero intenté que no se notara. Él decía que se sentía bien, ¿por qué yo
no me lo creía del todo? ¿Por qué el mal presentimiento se paseaba a su gusto
por mis nervios y columna? ¿Por qué notaba las malas noticias llamándome a mi
espalda?
Con la habitación totalmente en silencio
podía escuchar a la perfección su respiración. Era atropellada, dificultosa,
tanto que comenzó a toser; sin ser muy patosa le ayudé a terminar de ponerse
derecho para intentar calmar la tos. Lo conseguí, paró de toser, pero me miraba
muy serio.
-Estás helada, ¿no has traído ninguna
chaqueta? Te vas a quedar como un pajarito.
-No, pero estoy bien, de verdad.
Últimamente siempre tengo las manos frías.
-¿Seguro? ¿Y los pies los tienes fríos?
Ya sabes lo que siempre digo.
-Que los resfriados se cogen por los pies
y por la cabeza.-le dije con una gran y sincera sonrisa.
-Esa es mi nieta, la que no se olvida de
lo que le enseño.-contestó risueño.
-¿Cómo me voy a olvidar? Seguro que me he
librado de algún que otro resfriado por eso.- dije entre risas.-Toma, bebe un
poco de agua, que seguro que tienes la garganta reseca.
Le acerqué el vaso, me miró para rechistarme
pero bebió sin decir nada. Era la primera vez que le veía sonreír así en un
hospital, sin un ápice de tristeza.
-Te voy a decir algo.
-Cuéntame.- le dije con ímpetu, ya que
siempre estaba dispuesta a escucharle a él.
-El día que una enfermedad me lleve por
delante, por favor, no lloréis.
-¡No digas eso! ¡No vamos a llorar porque
nada te va a llevar por delante!
-Ya soy viejo Alice. Mírame, me tienen
aquí porque me cuesta respirar, ¿qué va a ser lo próximo?
-Lo próximo va a ser que vas a salir de
aquí como nuevo, y vas a estar en casa cuidando tus plantas y en el campo
cuidando tu huerto.
-Ojalá tengas razón.
-¡Por supuesto que la tengo!-sabía muy
bien que eso no era del todo cierto, mis malos presentimientos eran por alguna
razón, pero en fondo necesitaba aferrarme a la esperanza de que todo saldría
bien.
Él me miraba con una sonrisa conformista,
aceptaría lo que viniese a pesar de que quería salir de allí y volver a su vida
normal por todos los medios. Pude notar cómo me rompía en mil pedazos como un
cristal que cae al suelo y se hace añicos. ¿Por qué me contaba esto? ¿Por qué a
mí?
Pegaron a la puerta, intenté mantenerme serena, y entraron con la
comida. ¿Ya era la hora de comer? ¿Cuánto rato llevaba allí? ¿Dónde se había
metido el enfermero?
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