martes, 5 de agosto de 2014

Sin saber qué quería.

Y sin separarse de mí, contestó al móvil.
-¿Si, quién es?... Oh, joder, ¿y para eso me llamas? Estaba atendiendo asuntos realmente importantes.
Me miró con esos ojos que te desnudan con una facilidad que da miedo, y por un instante me sentí querida, importante. Me sentí suya, y me sentí libre, sin problemas.
Acabó de hablar, colgó, y se quedó mirándome, expectante, esperando mi reacción, no sé si ante sus palabras o ante la situación en la que nos habíamos envuelto nosotros solos.
-Bueno…-su voz rompió aquel silencio tan peculiar.- ¿Por dónde íbamos?
Ya no nos separaba ni  un solo milímetro, podía notar su respiración, su corazón latir, podía notarle a él. En ese instante me quería, me deseaba. Era la primera vez que alguien me deseaba así, y aunque quería precipitarme por aquel acantilado de placer y dejar que el deseo y la pasión me consumieran, no podía.
Sabía que no estaba bien jugar con una persona de esa forma. Quizás él se lo tomara como un juego, como normal, quizás yo solo era otra chica más que cae ante sus encantos, pero quizás no, quizás le gustase de verdad y yo no terminaba de tener claro si él me gustaba, si sentía mariposas o polillas; así que intenté desviar la conversación hacia otro tema.
-Pues creo que íbamos directos a una tienda de disfraces.
-¿Y los disfraces no pueden esperar? Estoy seguro de que no se van a mover de la tienda. Incluso podemos ir mañana.
Oh, joder, ojalá pudiese decirle que sí, que iríamos mañana, pero ya tenía planes con Álex.
-Me parece que no pueden esperar. Vas a tener que verme con unos cuantos puestos, soy muy exigente a la hora de elegir.
-Es un buen cambio de planes, me parece bien. Vámonos entonces, no quiero perderme ni un minuto de tu desfile de disfraces.
-¿Desfile? Bueno, aunque no tengo nada de modelo.
-Eres perfecta para mí, y no hay más que hablar sobre ese tema.
-Eres un encanto.
-Soy todo un príncipe azul, lo sé.
-Y un poco egocéntrico, ¿no te lo han dicho nunca?
-De vez en cuando, pero no de la forma tan dulce como lo haces tú.
-Idiota.
Al fin me soltó del todo y se dirigió hacia la puerta para abrirla y dejarme paso primero.
-Qué caballero eres, va a ser verdad eso de que eres un príncipe, pero pasa tú primero.
-Sí, bueno, si te soy sincero, no era para ser un caballero…
-¿Entonces?
Sonrió, y con eso me lo dijo todo sin decir nada.
-¿En serio? ¿Para verme el culo?
-Totalmente en serio, pero pasaré yo primero, solo esta vez.
Y entonces pude verle otra vez de espalda. Era el chico con el que te apetecería pasar toda la noche, o una noche tras otra…
-Señorita Hayes, ¿podría dejar de morderse el labio mientras me mira?
-Podría, pero…
-Si ese “pero” me es una buena razón para volver a entrar contigo  en tu casa y hacerte completamente mía, lo haré.
-Gritaré.
-Te aseguro que sí que gritarás, pero no como tú crees…
Sus ojos se volvieron intensos y decidí que sería el momento de parar y no provocarle más, o acabaríamos en cualquier parte de la casa.
-Está bien, está bien, no volveré a morderme el labio ni a mirarte así.
-Eso está mejor. De momento.
Terminamos de salir de casa y llegamos a su coche, siempre tan limpio, siempre con ese aire a tranquilidad.
Entonces arrancó.
-Bueno, ¿estás lista para probarte todos los vestidos que yo quiera?
-¿Que tú quieras?
-Por supuesto, quiero disfrutar viéndote. De vez en cuando hay que alegrarse la vista.
Quise responderle, pero en cierto modo quería entrar en su juego. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar.
Casi no hablamos por el camino, pero la música hizo más ameno el viaje. Me descubrí más de una vez mirándole sin disimular; parecía tan calmado, tan feliz, tan alegre; era tan guapo, tan atractivo, tan pasional, parecía tan perfecto y tan fuera de mi alcance que aún no podía creerme que había estado a punto de acostarme con él en mi propia casa, como tampoco podía creerme que iba en su coche a buscar un disfraz que elegiría él para una fiesta a la que me había invitado.
Él parecía tener todas sus ideas en orden y todo muy claro, yo, sin embargo, era un auténtico cúmulo de sensaciones, de pensamientos y de circunstancias que no iba a poder manejar durante mucho tiempo más. Necesitaba aclarar demasiadas cosas, necesitaba poner un poco de orden en mi vida aunque sólo fuese por ésta vez.
Había tantas preguntas a las que mi respuesta era un simple “no lo sé”.
¿Me gustaba Leo? No lo sabía.
¿Quería ir a la fiesta? No lo sabía.
¿Quería salir con Álex a tomar algo? No lo sabía.
¿Quería acostarme con Leo? Bueno, quizás la respuesta a esta pregunta fuese sí, pero tampoco lo tenía muy claro después de todo.
¿Quería contarle a Leo cómo me sentía ahora mismo? No lo sabía.
¿Quería…?
-Señorita Hayes, ya hemos llegado a nuestro destino.
Miré por la ventanilla y vi un gran escaparate lleno de disfraces completamente preciosos.
-Jo-der.

-Alice, cuida tu lenguaje.- Intentó parecer ofendido por mi vocabulario pero su cara reflejaba demasiada felicidad al ver cómo miraba aquel espléndido escaparate.