-Pasa al baño y cámbiate, anda, que te voy a calentar un poco de agua para que se te quite el frío.
Él me miró sorprendido, casi no le conocía y le había invitado a ducharse y le había dejado ropa seca.
-Voy, muchas gracias.
-¡Venga, corre, que te enfrías y eso no es bueno!- le dije sonriendo.
Obediente fue corriendo hacia el baño con una toalla por encima para intentar secar la ropa que llevaba. Yo fui hacia la cocina y le calenté un poco de agua caliente, aunque fuese para quitarse un poco el frío. Cuando pegué en la puerta del baño me dijo que pasase, pero cuando asomé la cabeza por la puerta él ya estaba de pie metido en la bañera. Grité de sorpresa y cerré los ojos corriendo. Él se rió a carcajada limpia mientras abría la cortina. Cerré los ojos con más fuerza y me di la vuelta con la olla de agua caliente entre mis manos.
-¡Oye, que todavía tengo la toalla en la cintura!- dijo entre risas.
-¿¡Y yo qué sé!? Si ya estabas en la ducha.
En cuanto dijo que tenía la toalla, me di la vuelta y le di el agua caliente. Le dije que tenía que volver a entrar para llevarle la ropa y que no se quitase la toalla aún. De camino al salón para coger la ropa caliente me di cuenta del buen cuerpo que tenía ese chico. Y estaba en mi baño, solo con una toalla.
Llegué al salón, cogí la ropa, pegué en la puerta de nuevo para avisarle y se la dejé sobre la lavadora. Le dije que ya podía ducharse tranquilo, pero que se diese prisa para que el agua no se enfriase o sabría lo que es pasarlo realmente mal en ese baño.
Pasaron diez minutos exactos y salió del baño con el pelo empapado.
-¡Al final te resfrías!
-Vale, ahora vuelvo, voy a por una toalla para no resfriarme.
-Eso está mejor- sonreí.
Volvió con el pelo alborotado, aunque seguía frotándose la cabeza con la toalla. Estaba demasiado gracioso.
-¿Por qué sonríes así?-me dijo.
-Es que estás demasiado gracioso secándote el pelo.
-¿Si? ¿Quieres estar graciosa tú también?
-Ah, no, no, no, aléjate de mí. Ni se te ocurra.
-Llegas tarde, ya se me ha ocurrido.
En ese momento se abalanzó sobre mí con la toalla, pero conseguí quitarme de en medio. Me miró desafiante, y yo me reí. Volvió a intentarlo, pero esta vez me engañó; pensé que iría hacia la derecha pero fue hacia la izquierda y me cogió y me puso la toalla húmeda encima de la cabeza, y aunque empezó a alborotarme el pelo paró en seguida. Me dejó la toalla encima de la cabeza, tapándome la cara y se quedó con los brazos encima de mis hombros.
-¿A que estoy mona?
-Estás preciosa así, sí.-dijo entre risas.
-Idiota.-le dije mientras me quitaba la toalla.
-Aunque así estás mejor.
-Gracias…-Me sonrojé y agaché la cabeza.
En ese momento bajó una de sus manos a mi cintura y con la otra me sujetó la barbilla para levantarme la cabeza. Nos quedamos mirándonos por un momento, pero enseguida aparté la vista e intenté que me soltara, ya que me estaba muriendo de vergüenza.
-Esto… ¿Tienes hambre? ¿Quieres cenar algo?
-Sí, claro.
-¿Te gusta la pizza, o prefieres otra cosa?
-Lo que tarde menos.
-Vale, pues ¿una pizza para los dos? ¿Te parece bien?
-Me parece genial.
Metí la pizza en el horno, tardó muy poco en hacerse y nos fuimos al salón a cenar mientras buscábamos algo interesante en la televisión.
Hacía muchísimo frío así que le dije al chico que me acompañase arriba a por un par de mantas, porque parecía que con la chimenea no era suficiente.
-Oye, ven conmigo arriba, vamos a coger un par de mantas.
-¿Tienes frío?
-Estoy congelada, mira.- Le di mi mano para que viese que estaba helada.
-Vaya, ¿cómo puedes estar tan fría?
Él estaba ardiendo, pues si que desprendía calor.
-No sé, me paso la mayor parte del día así. Pero vente, vamos a por las mantas.
Una vez arriba busqué las mantas más calentitas y nos las bajamos al salón. Allí cogí una y me lié en ella. El chico se rió; decía que nunca había visto a alguien liarse una manta con tantas ganas.
Al rato me di cuenta de que él no se había tapado, ¿acaso no tenía frío? Cogí y me deslié de la manta, me acerqué a él y le tapé, aunque cuando me acerqué noté que estaba caliente, que no estaba helado.
Él se sorprendió al ver que me acerqué con tanto ímpetu para taparle, aunque se sonrojó. Me hizo gracia y le cogí la mano sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, así que cuando me di cuenta la aparté rápidamente y le pedí perdón.
-Perdón, lo siento, no me di cuenta.
-¿Perdón por qué idiota?
-Por haberte cogido la mano.
Justo cuando terminé de decirle aquello, se acercó más a mí y me cogió la mano por debajo de la manta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario